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Moda y belleza

Septiembre es volver a ver a la chica que te gustaba y olvidar para siempre el amor de verano

corp@blsindustriaytecnologia.comBy corp@blsindustriaytecnologia.comseptiembre 4, 2026No hay comentarios4 minutos de lectura

La palabra septiembre proviene del latín september, que a su vez deriva de septem, que significa siete. Pero septiembre es el noveno mes del año. Septiembre tiene algo de súbito, de inesperado. Por ejemplo: el año empieza en septiembre, al menos en el hemisferio norte, y eso lo sabe todo el mundo. Los buenos propósitos de septiembre son parecidos a los de enero, con la ventaja de que se tarda un poco más en incumplirlos. Nadie ha empezado nada memorable un dos de enero y eso se va arrastrando hasta que ya te pilla el verano. Frente a esa rigidez un poco barata de enero, septiembre tiene una elasticidad moral extraordinaria.

En septiembre uno tiene la sensación de estar viviendo dos estaciones a la vez. No se sabe si es verano o es otoño, y a mí me parece que los mejores días del año son los que parecen producto de una estación híbrida, mestiza, bastarda: cuando el invierno se trasviste de primavera (el solecito de enero) y el verano de otoño (la brisa fresca en la cara). Lo mejor del verano es leer debajo de una sombrilla y lo mejor del invierno es leer calentito en casa cuando fuera hace un frío que pela. Las sombras y las mantas, en el fondo, son pequeñas arquitecturas de bienestar. En septiembre conviven sandalias y chaqueta; playa y hojas secas; crema solar y café caliente; persianas bajadas y libros nuevos; terrazas llenas y escaparates con abrigos; el último baño y la primera película en el cine.

Algunas personas creen que en septiembre empieza todo y otras que en septiembre todo acaba. Todas tienen razón. A septiembre siempre se llega con ganas, aunque uno también entiende el wake me up when september ends: septiembre tiene esa luz oblicua que depende de cómo te dé. Septiembre es un principio, una oportunidad de volver a empezar o de retomar algo, lo que sea. Septiembre es una fila de alumnos con sus mochilas llenas de libros el primer día de clase, volver a ver a la chica que te gustaba y olvidar para siempre el amor de verano. Una agenda nueva, un estuche con cremallera, libretas con la página en blanco, la intención tiernísima de la buena caligrafía. La rentrée literaria, la vuelta al cine y todo ese universo de cosas que todavía no hemos visto.

Pero septiembre también es un final. Tiene esa melancolía, esa tristeza confortable. Yo soy un entusiasta feroz del verano pero un mal verano es temible. Produce escalofríos solo pensar en ello. El verano es una estación que solo admite estar bien. Para las rupturas y los duelos yo siempre he recomendado el invierno, porque la tristeza rima con el frío y desentona bajo el sol. El invierno tolera bastante bien que uno esté triste (tiene toda una infraestructura que parece diseñada para el duelo: la lluvia, la oscuridad, el sofá, las películas largas, las excusas, los domingos por la tarde).

Hay una expectativa siniestra y absurda de alegría e hiperactividad en el verano. Por eso es tan importante la transición que se produce en septiembre, ese ligero golpe de timón. En mi experiencia, si has pasado un verano de mierda -algo que no le recomiendo a nadie- las cosas siempre mejoran en septiembre, aunque parezca imposible. Los primeros días de septiembre son como lavarse la cara con agua fría. Nos gusta el verano, pero igual necesitamos septiembre. Ninguna felicidad puede durar y durar sin empezar a convertirse en una obligación y después en una condena. El verano tiene que terminar para que podamos volver a echarlo de menos. Septiembre tiene algo de súbito, de inesperado. Por ejemplo: es la primera nostalgia del verano que viene.

Headshot of Xacobe Pato

Xacobe Pato ha publicado los diarios Seré feliz mañana (Espasa, 2020), que ahora tienen su continuación en el Substack Otros días 


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