Estudiantes en primera persona: valoran a los buenos profesores y la escuela les importa, pero esperan más de ella


Mientras los gurúes de la IA anuncian escenarios apocalípticos y los resultados de las pruebas PISA alertan sobre un deterioro global de los aprendizajes, mientras el mercado laboral juvenil se vuelve cada vez más precario y crece la preocupación por la salud mental de las nuevas generaciones, algunos adolescentes pueden sentir que imaginar el futuro es un ejercicio absurdo. Sin embargo, la promesa de ese futuro sostiene el esfuerzo cotidiano de 4 millones de estudiantes de secundaria que, aun en este contexto, están construyendo sus proyectos de vida y confían en progresar.
Joaquín Rico (18) sabe qué quiere hacer el año que viene, cuando termine la escuela: cursará Abogacía. Vive en General Rodríguez, en el conurbano bonaerense; su sueño se volvió una posibilidad viable desde 2024, cuando la carrera empezó a dictarse en la Universidad Nacional de Moreno. “Me queda cerca; es una tranquilidad y una gran oportunidad tener los estudios tan cerca de casa”, explica.
Santiago Polero (18), estudiante de 6º año en la misma escuela, ofrece otra cara de esa conversación sobre el futuro. Cuenta que unos profesores de la Universidad Nacional de Luján visitaron su escuela y les preguntaron a los estudiantes qué querían hacer después del secundario. La respuesta de muchos de sus compañeros fue: “Lo que pinte”.
Entre un proyecto definido y ese “lo que pinte” se abren varias preguntas que atraviesan a quienes están por terminar la escuela. ¿Cuánto ayuda la secundaria a imaginar lo que viene después? ¿Qué esperan los adolescentes de sus profesores? ¿Sienten que vale la pena esforzarse? ¿Encuentran adultos que los escuchen? En la previa del Día del Estudiante, Infobae consultó a un grupo de adolescentes para entender qué representa, para ellos, estudiar hoy.

Las entrevistas se hicieron mientras ellos participaban de la jornada “Potenciá tu futuro”, un evento organizado por Fundación Cimientos en la Ciudad Cultural Konex, en CABA. Allí se reunieron 350 estudiantes de entre 16 y 18 años, provenientes de 21 barrios y localidades del Área Metropolitana de Buenos Aires. Todos ellos forman parte del programa Futuros Egresados, una iniciativa con la que Cimientos acompaña, por medio de tutorías, a estudiantes de secundaria de sectores vulnerables para que puedan permanecer en la escuela y terminarla.
Los testimonios coinciden, ante todo, en el valor de la educación. Joaquín, que cursa 6º año, menciona en primer lugar “las oportunidades que ofrece la escuela pública”. Cuenta que tuvo profesores que no solo le acercaron materiales, sino que también le enseñaron herramientas digitales, a preparar su currículum o pensar cómo buscar trabajo.
“Hay mucho acompañamiento y compromiso de los profesores”, coincide Santiago. Alegra Togni (18), estudiante de 6º año en una escuela privada subvencionada en Villa Soldati, va más lejos: dice que le gustaría convertirse ella misma en docente, aunque planea anotarse en Ingeniería Industrial en la Universidad Tecnológica Nacional. Alegra destaca esa tarea en la que un profesor explica un tema complejo y logra que otro finalmente lo comprenda. “Los docentes nos generan esa riqueza del conocimiento”, sintetiza.
“A mí me ayudó mucho encontrar en la escuela un referente, alguien que sentí que me escuchaba”, explica Maximiliano Occhiuzzi (18), de Villa Soldati. Se refiere a algunos profesores, también al acompañamiento de su tutor en el programa Futuros Egresados. “Muchos chicos no tienen un papá o una mamá presente, no tienen con quien hablar o no se animan. Y encuentran eso en la escuela”, afirma Maximiliano.

En los testimonios, la valoración de la secundaria convive con críticas muy concretas. En la escuela de Joaquín y Santiago hay problemas con la instalación eléctrica, cuentan. “Se corta la luz a cada rato; en invierno, cuando está oscuro a la mañana, no se ve nada. Prender un aire o una pava eléctrica puede hacer saltar la térmica”, dice Santiago. En su aula son unos treinta alumnos, apenas entran y las ventanas están trabadas: “No podemos abrirlas y a veces no se puede respirar”. Joaquín agrega que la biblioteca tiene poco material y que algunos profesores terminan llevando libros y fotocopias de sus casas.
Selene Riffa (18) plantea otra carencia: le gustaría que la escuela abordara más asuntos que considera relevantes para su generación, como el cambio climático y el cuidado ambiental. Joaquín extiende la crítica hacia otros temas sociales y menciona, entre otros ejemplos, la Educación Sexual Integral: “Este año no tuvimos ESI, que me parece que nos serviría mucho a todos”.
Una de las objeciones más insistentes apunta a algo menos visible pero más desgastante que la mala infraestructura: las diferencias entre los profesores que se comprometen y aquellos que faltan demasiado o están en el aula pero tiraron la toalla. Uno de los chicos cuenta que, la semana pasada, tuvo un solo día de clases. Que algunos docentes suelen faltar y adherir a todos los paros.
“Hay profesores que van y cumplen su horario nomás. Firman la planilla y listo, no se preocupan porque uno realmente aprenda”, dice Alegra. La diferencia con los buenos docentes le resulta abismal: “Tengo profesores que realmente se nota que se preocupan y que les gusta lo que están enseñando”. Los estudiantes valoran esas diferencias, pero no perciben que el sistema las note: no parece haber consecuencias, dicen, para el docente que entra al aula, copia dos frases en el pizarrón y luego se sienta a mirar su celular. Tampoco un reconocimiento para el que se compromete con el aprendizaje y con las inquietudes de sus alumnos.
Los estudiantes consultados subrayan esa diferencia entre los buenos y los malos docentes, como si se tratara de dos profesiones distintas, irreconciliables. Y ratifican que, pese a las críticas, el paso por la escuela fue esencial para ayudarlos a construir herramientas para imaginar un proyecto de vida.

A nivel nacional, la valoración de la escuela secundaria permanece alta entre los estudiantes. Según los resultados de PISA 2025, el 18% de los estudiantes argentinos de 15 años considera que la escuela es “una pérdida de tiempo”. La cifra es más baja que el promedio de la OCDE (24%), y disminuyó 6,2 puntos con respecto a 2022.
Hay otra cuestión que enciende la conversación: la sensación compartida de que la escuela dejó de distinguir con claridad entre el estudiante que se esfuerza y el que no. Los estudiantes consultados tienen una mirada muy crítica sobre los nuevos regímenes académicos que, en varias jurisdicciones y bajo gobiernos de distintos signos políticos, multiplican las instancias para aprobar y desdibujan las reglas conocidas.
“No veo correcto que una persona que se esfuerza todo el año, hace las actividades y cumple en tiempo y forma tenga su nota, y que otra persona que no cumple, entrega los trabajos tarde o no se presenta en clase igualmente sea aprobada con un trabajito al final del cuatrimestre. Porque entonces decís: ‘Para qué voy a hacer diez trabajos, si total puedo aprobar el cuatrimestre haciendo uno solo’”, plantea Selene.
Santiago sintetiza: “No hacer nada, hacer todo. Es exactamente igual”.

“Nada tiene un castigo, no hay una consecuencia por no cumplir. Que nadie repita no inspira a estudiar con ganas, a esforzarse. Más bien inspira a pensar que todos vamos a tener la posibilidad, aunque nuestro esfuerzo sea nulo”, dice Joaquín.
Los propios estudiantes aclaran que en el último tiempo perciben cambios, especialmente en las reglas de asistencia en provincia de Buenos Aires y en CABA. Según cuentan, este año las faltas tienen más peso en la acreditación de las materias: “Antes faltabas todo el año y aprobabas igual. Este año la asistencia se puso más estricta”, señala Santiago.
La sensación de que todo da lo mismo –de que no hay conexión entre el esfuerzo y las consecuencias académicas–, la falta de acompañamiento de algunas familias –no por indiferencia, sino por escasez de herramientas–, los discursos sociales que desprecian el estudio y prometen dinero rápido por otros caminos configuran un panorama que desalienta a seguir. En Argentina, solo 6 de cada 10 chicos llegan al último año de la secundaria en el tiempo esperado, según el Índice de Resultados Escolares que elabora Argentinos por la Educación. Y apenas 1 de cada 10 termina la escuela con conocimientos satisfactorios de Lengua y Matemática.
En este contexto, las tutorías funcionan como un antídoto contra el abandono, según muestra la experiencia de Cimientos. Una vez por mes, los “encargados de acompañamiento” –los tutores– del programa Futuros Egresados mantienen una entrevista presencial con cada estudiante. También trabajan con algún adulto referente de la familia, administran junto con ellos los compromisos vinculados con la beca monetaria que les da Cimientos y participan de jornadas grupales. El eje está puesto en desarrollar “habilidades socioemocionales” como autonomía, organización, responsabilidad, hábitos de estudio y toma de decisiones.

La asistencia continua es uno de los focos de trabajo en las tutorías. “La presencia es fundamental. A veces, si un chico no está asistiendo tanto a clase, trabajamos con el referente adulto: ver si falta organización, si necesita levantarse antes, acostarse más temprano. La familia es fundamental para sostener esas cuestiones”, explica Eugenia López Fosco, encargada de acompañamiento de estudiantes en Villa Lugano.
“Nosotros todos los meses controlamos que nuestros estudiantes no tengan más de cierta cantidad de faltas. Esto hace que nuestros becados no sean justamente los chicos que faltan a la escuela, pero sí vemos el problema en sus compañeros”, plantea Irina Araneo, psicóloga y tutora de Fundación Cimientos en José C. Paz. Y agrega: “Los chicos que nosotros acompañamos tienen el valor de la presencialidad más afianzado. Son pibes que, después, no faltan al laburo”.
“Una de las habilidades que más trabajamos es la construcción de hábitos de estudio. También la asistencia, que forma parte de un criterio de responsabilidad. Tratamos de favorecer que los chicos puedan frenar y analizar: ‘¿Qué es lo que me está faltando para llegar bien a fin de año?’. Ese proceso de reflexión ayuda mucho”, señala Juan Palma, profesor de Historia y encargado de acompañamiento en Guernica.
El programa Futuros Egresados alcanzó en 2025 a 2.649 estudiantes de 91 escuelas secundarias. Además de las tutorías y un apoyo económico mensual, ofrece actividades destinadas a conectar a los jóvenes con estudios superiores y posibilidades laborales. Según datos de Fundación Cimientos, entre sus participantes aumentan un 47% las posibilidades de egresar en tiempo y forma frente a la población comparable, y el 83% de sus egresados estudia, trabaja o combina ambas actividades un año después de finalizar la escuela.

“En una sociedad con tanta ausencia de adultos disponibles, que haya un adulto a disposición para escuchar es un montón. Creo que eso marca la diferencia”, dice López Fosco.
Palma agrega otro factor: a las aulas llegan cada vez más situaciones complejas y los equipos de orientación suelen estar desbordados. “Las escuelas están colapsadas por un montón de situaciones. Algunas tienen una matrícula de más de mil estudiantes y solo dos profesionales para la orientación psicológica y social. En ese contexto, que los chicos puedan tener alguien con quien hablar es un apoyo fuerte”.
“Las tutorías te ayudan a reconocer tus habilidades socioemocionales, a orientarte y a tener un norte. Te permiten conocerte mejor a vos misma y plantearte objetivos”, explica Alegra. Y describe el aporte de Cimientos con dos imágenes: dice que funciona como una “brújula” y como un “suelo firme” desde donde crecer.
Los tutores les acercan a los chicos información sobre becas, cursos, universidades, empleos y otras posibilidades. Quizás una propuesta no produce efecto la primera vez. Pero insisten hasta que, en algún momento, un estudiante se suma. A veces, en esa decisión el adolescente encuentra una oportunidad que tuerce lo que parecía ser su destino.
Araneo lo expresa de manera gráfica: “Rompemos el techo de cristal de un pibe que no sabía que había un mundo al que él podía acceder, porque nadie en su familia jamás había accedido”.

Los testimonios hablan de escuelas que, cuando no quedan libradas a su suerte y encuentran apoyo afuera –en el ministerio, la comunidad, la sociedad civil, las empresas de la zona–, siguen ofreciendo a los estudiantes la vieja promesa del ascenso social. Escuelas en las que, todavía, la educación puede hacer una diferencia que quiebra la reproducción de la pobreza.
En este punto, los últimos resultados de PISA ofrecen otro dato. La evaluación de la OCDE llama “académicamente resilientes” a los estudiantes que pertenecen al cuartil más desfavorecido –el 25% más pobre– de su país y, pese a eso, se ubican entre el 25% de mejor desempeño de ese mismo país. En Argentina, el 13,2% de los estudiantes más desfavorecidos logró ubicarse en el cuartil superior en Matemática; el 14,6%, en Lectura; y el 14,2%, en Ciencias. Junto con Chile, son las proporciones más altas de América Latina en las tres áreas.
En esas escuelas, el origen social no determina de manera inevitable el recorrido educativo. No solo por el esfuerzo individual de esos estudiantes, sino también por las condiciones que su comunidad pudo generar para ellos. Es la brecha abierta entre los jóvenes resignados que responden “lo que pinte” cuando les preguntan por su futuro, y el adolescente que, a punto de convertirse en el primero de su familia en terminar la secundaria, ya sueña con su carrera en una universidad pública cercana.
Para explicar la diferencia entre ambas posibilidades, los testimonios hablan de profesores que enseñan y acompañan, de escuelas en las que no da todo lo mismo; de reglas claras, de edificios y aulas que invitan a estar presentes; de adultos que escuchan y orientan. Cuando esa trama funciona, ser estudiante vuelve a significar, para los adolescentes, una manera de construir su futuro.
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