Qué hace una tiquismiquis como yo en Mugaritz, el restaurante donde se come césped

Por Redacción THE FYMOUS • 23 septiembre 2026

De pequeña no comía de nada. No me gustaban ni las croquetas. Debe de haber tres niños en el mundo que no las coman. Odiaba cualquier carne, todo el pescado, el jamón serrano, los yogures, la tortilla, por supuesto odiaba las vainas, por odiar, odiaba incluso la Coca-Cola. Cualquier sabor era un no. La hora de la comida se convirtió en un suplicio familiar en el que lo que no me daba asco por su sabor, me lo daba por su textura o por su olor. Con el tiempo, me he acostumbrado a comer de todo. Eso no significa que sea una aventurera de los sabores, pero hubo un momento que decidí dejar de ser la que era un problema en cada mesa en la que me sentaba.
Con este currículum acabé en Mugaritz uno de los restaurantes más vanguardistas del mundo con motivo del Festival Internacional de cine de San Sebastián. Mis compañeros de Gourmet me advirtieron: igual no es un sitio para ti. Llegué a esa casa verde, mitad caserío vasco, mitad casa de Heidi, aterrada de tener que comer un ojo a la plancha. Esa era mi actitud. Allá vamos. Primer plato. No es un plato. Es una especie de cuenco lleno de pelo. Hay que beber un líquido que resultó ser ¿agua?

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—Es como beber de un hámster —dijo el actor Miguel Ángel Silvestre que estaba en mi grupo. Como actor será bueno, pero describiendo la sensación: brillante. Beber de un cuenco de pelo blanco. Os diré: me pareció divertido.

El segundo plato también se bebía. Un Bellini que no se parecía en nada a los que probé en el Harry’s Bar de Venecia. En el centro, algo con la textura de una nube pastosa (la chuchería que en Navarra llamamos jamones) con sabor a ¿melocotón? No sabría decir. Me hace gracia también. No sé si diría que me gusta. Pero me gusta la sensación, que no es lo mismo.

Siguiente. El plato es una sopa de ¿pollo? que lleva jazmines. Yo amo los jazmines. Busco desde hace 30 años el olor de esa flor en cada perfume que compro. Arranco sus flores y las llevo en la palma de la mano en verano y siempre tengo uno en casa que se está muriendo. Nada en ese cuenco me recuerda remotamente a esa sensación. Me tomo del tirón una copa llena de ¿guisantes? ¿Habitas? Yo estoy mareada. ¿A dónde vamos con todos estos platos? ¿Qué queréis de mí? ¿Cuándo llega el ojo?

plato de mugaritz

Amaya Ascunce

El siguiente plato también se bebe y no es un plato. Es como chupar la ría. Sabe muchísimo a mar. Me hace gracia y me disgusta a partes iguales. Odio ese sabor, pero cómo es posible que sepa tanto a mar unos pelillos morados y un líquido blanco frío.

—Yo ya empiezo a querer morder algo —susurra Miguel Ángel.

Luego comemos césped, que me gusta mucho, no es una metáfora ni una mentira. Ese césped y los fermentados están ricos. Es césped con salsa. Raro, divertido, no lo vi venir. El plato se llama parterre. Nada me da asco. No desde luego no más que comerme un percebe o una gamba en cualquier restaurante. Es lo que tiene que ser una tiquismiquis, partes de muy abajo.

Me lo paso bien. Es como ir a un parque de atracciones de sabores raros y texturas imposibles. Nos dan una especie de galleta que sabe a manzanilla. No me gusta nada. Pero de repente siento que tengo 10 años y he ido a tomarme una infusión con una compañera en el cole de monjas. He dicho que me duele la barriga. En realidad, no me dolía, solo quería salir de clase un rato. El plato es tan bonito como raro, como mi recuerdo. Y así todo: espachurramos flores con un hielo, comemos bardana, que es un plato pringoso que podría funcionar como pegamento infantil de manualidades. Nos colamos en la cocina. Todos gritan AGUR. Volvemos para comer cocochas. Las pruebo con el mismo asco con el que las he tenido que comer toda la vida porque en Nochevieja eran el plato preferido de un tío mío. Son las mejores que he comido sin duda. Y de postre chupamos la cara de cerámica de una mujer. Me como un puñado de flores.

Me lo he pasado pipa. El vino increíble. Contra todo pronóstico, una tiquismiquis puede disfrutar de Mugaritz. Ahora, un amante del chuletón lo tiene complicado.

Headshot of Amaya Ascunce

Lleva más de 12 años dirigiendo y creando contenidos digitales en revistas de moda, belleza, cultura y estilo de vida. Los perfumes, leer y las películas del fin del mundo ocupan un alto porcentaje de su tiempo libre, cuando no está leyendo el móvil.  Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra y ha publicado tres libros.


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