Un estudio asocia las habilidades de lectura con mayor resistencia a la desinformación en adolescentes


Un tercio de los adolescentes del mundo comparte información falsa en internet sin señalar su inexactitud, incluso cuando dice usar estrategias básicas de verificación, según un estudio publicado en la revista Social Science Research que analizó datos de 232.901 jóvenes de 15 años en 49 países. La investigación también señala que las habilidades de lectura son el factor individual más importante para resistir la desinformación, especialmente entre los estudiantes de bajos recursos.
El trabajo, titulado Reading between the lies (“Leyendo entre líneas”), fue elaborado por Mobarak Hossain, investigador de la Escuela de Economía y Ciencias Políticas de Londres (LSE), y Jason Jabbari, profesor adjunto de la Escuela Brown de la Universidad de Washington en San Luis. Ambos analizaron respuestas del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) de 2022, que incluyó por primera vez un módulo específico sobre comportamiento frente a la desinformación.
Los datos del estudio muestran que aproximadamente el 70% de los estudiantes encuestados afirmó comparar fuentes o verificar la información antes de compartirla. Sin embargo, esas declaraciones no se tradujeron en conductas consistentes: alrededor del 30% admitió haber compartido contenido inventado sin indicarlo, una proporción que se repite con escasas variaciones en todas las regiones del mundo analizadas.

El cuestionario PISA consultó a los estudiantes sobre distintos comportamientos frente a la información en internet, entre ellos si confían en lo que leen, comparan fuentes, verifican la exactitud de un contenido antes de compartirlo, lo debaten con docentes, amigos o familiares, señalan publicaciones falsas y difunden información fabricada sin advertirlo. A partir de las respuestas, los autores elaboraron un índice compuesto de resistencia a la desinformación.
El análisis estadístico reveló que cada incremento de 100 puntos en el puntaje de lectura PISA se asocia con un aumento de entre 0,05 y 0,09 desviaciones estándar en el índice de resistencia a la desinformación, una relación que se mantuvo estable en todos los modelos, incluso al controlar por país, escuela, nivel socioeconómico e infraestructura tecnológica.
El hallazgo más destacado del estudio fue la interacción entre el desempeño en lectura y el nivel socioeconómico. Entre los estudiantes con peores resultados, quienes pertenecían al quintil más alto de estatus socioeconómico (SES) mostraron una resistencia a la desinformación aproximadamente 0,30 desviaciones estándar superior a la de quienes se ubicaban en el quintil más bajo.
Esa diferencia, sin embargo, se reducía a medida que mejoraba la capacidad lectora y prácticamente desaparecía entre los alumnos con los puntajes más altos.
“Las habilidades de lectura podrían desempeñar un papel compensatorio. Los estudiantes de familias más privilegiadas suelen contar con otros apoyos, como padres que comentan las noticias, acceso a fuentes creíbles y normas que fomentan el escepticismo, mientras que los estudiantes de bajos ingresos pueden tener menos probabilidades de contar con esos apoyos y pueden enfrentarse a una mayor exposición a la desinformación”, afirmó Jabbari en declaraciones difundidas por la Universidad de Washington.

Según el modelo propuesto por los investigadores, los estudiantes de entornos socioeconómicos bajos parecen tener menos oportunidades de desarrollar hábitos de verificación digital fuera del ámbito escolar, aun cuando poseen capacidad cognitiva suficiente. En contraste, quienes provienen de hogares más acomodados acceden a recursos familiares e institucionales —orientación parental, diversidad de fuentes, normas de escepticismo— que limitan su exposición a contenido engañoso independientemente de su nivel lector.
Las mejoras en comprensión lectora producen ganancias proporcionalmente mayores en resistencia a la desinformación entre los estudiantes de menores ingresos, lo que posiciona a la alfabetización como una herramienta de equidad en el entorno digital.
Los autores advierten, no obstante, que incluso entre los lectores más competentes persiste cierta brecha socioeconómica, lo cual indica que las habilidades individuales no bastan para compensar las desigualdades estructurales de acceso, exposición y apoyo social.
Como control de robustez, los investigadores replicaron el análisis utilizando puntajes de matemática y ciencias en lugar de lectura. Los resultados fueron consistentes: los estudiantes con mejores desempeños en esas áreas también mostraron mayor resistencia a la desinformación, y el beneficio para los estudiantes de menores recursos fue análogo al observado con la lectura.
Esto sugiere que la variable relevante no es la lectura en particular, sino un conjunto de habilidades analíticas y metacognitivas que atraviesa múltiples disciplinas.

Los modelos multinivel también revelaron que la mayor parte de la variación en resistencia a la desinformación ocurre a nivel individual. La varianza atribuible al país o a la escuela es considerablemente menor, lo que indica que el contexto nacional —político, económico o cultural— explica una fracción limitada de las diferencias entre estudiantes.
A partir de sus hallazgos, Hossain y Jabbari proponen que las políticas educativas prioricen el fortalecimiento de la comprensión lectora, en particular para los estudiantes de menores ingresos. También recomiendan incorporar de forma explícita estrategias de evaluación de información, como la lectura lateral —técnica que consiste en abandonar un sitio web para buscar información sobre él en otras fuentes en lugar de juzgarlo por su apariencia—, así como intervenciones basadas en juegos y alertas que inviten a considerar la veracidad antes de compartir contenido.
“Esto significa que aún podemos llegar a casi todos ellos a través de la enseñanza en el aula antes de que lleguen a la edad adulta y comiencen a alcanzar hitos importantes, como votar”, señaló Jabbari en referencia al grupo de 15 años estudiado.
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