La política de la crueldad: las derechas exprimen el sufrimiento ajeno en su carrera hacia el 29N

«Miedo le tenías tú a un esguince». El PP de Alberto Núñez Feijóo inició con este tuit la carrera hacia las elecciones del 29N. El destinatario era el ministro Óscar Puente, que había bromeado –previamente- con el «miedo» de los populares a la cita con las urnas. El tuit iba acompañado de un vídeo de abril de 2023. Puente lloraba en el suelo y gritaba de dolor. El entonces alcalde de Valladolid acababa de romperse el cuádriceps derecho durante una visita a las obras de los ascensores de Parquesol. La secuencia –36 segundos, grabados a escondidas- circuló entonces por canales de Telegram de la esfera ultra y a través del canal de propaganda de Javier Negre, EdaTV. El PP recuperó las imágenes catorce horas después de que Pedro Sánchez anunciase el adelanto electoral y la disolución de las Cortes.
El PSOE respondió acusando a los populares de «miserables» por la difusión de unas imágenes que, tras su primera semana en X, antes Twitter, acumulaban seis millones de visualizaciones. «El uso de la crueldad como herramienta política funciona en democracias vaciadas y con promesas agotadas, una sensación que ahora –de alguna manera- tenemos en España. La crueldad conecta de lleno con la frustración y necesita un liderazgo vengador y un algoritmo capaz de potenciar los comportamientos agresivos y extremos. Este cóctel de elementos genera una suerte de ciclo en la que todos terminamos atrapados, no solo quienes participan activamente del insulto, la bronca y la deshumanización», desliza Martín Szulman, sociólogo y autor de La era de la crueldad: el discurso político contra la política (Siglo XXI Editores).
La historia no termina aquí. El secretario general del partido y número dos de Feijóo, Miguel Tellado, retuiteó días después un mensaje en el que se felicitaba al «veterinario» que había realizado la intervención quirúrgica del ministro de Transportes. Óscar Puente no fue el único blanco de esta semana para Génova 13. Nuevas Generaciones, las juventudes del PP, difundió una publicación en la que se mofaba de las fuertes lluvias que sorprendieron este martes a quienes llevan casi dos semanas acampando en la Puerta del Sol. «Por primera vez en días se duchan», tuitearon desde la cuenta oficial. «Si los perroflas no van a la ducha, la ducha va a los perroflas«, trivializaron desde NNGG de la Comunidad de Madrid. El mismo tono utilizó en sus calificativos el exdiputado de Vox Javier Ortega Smith.
«Este tipo de prácticas son un síntoma de la pérdida de empatía e interés moral hacia aquellos a quienes dejamos de ver principalmente como personas para pasar a entenderlos o percibirlos como miembros de un exogrupo, el de los adversarios políticos. Lo más peligroso son las consecuencias que puede tener la deshumanización del otro. La convivencia se dificulta y el ambiente se vuelve menos habitable«, reconoce Raúl Piñuela Sánchez, profesor de Psicología Social en la Universidad Complutense de Madrid (UCM). ¿Qué efectos tiene a nivel político y social esa normalización de la crueldad? ¿Cómo repercute sobre una polarización cada vez más instalada en España?
La indiferencia ante el dolor del otro
Rita Segato fue la primera en utilizar el concepto de las «pedagogías de la crueldad» para referirse a las prácticas que acostumbran a tratar «lo vivo y su vitalidad» como una cosa, reduciendo la empatía y normalizando la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. La escritora y activista argentina pone el foco en el capitalismo contemporáneo y la necesidad de los ciudadanos de no sentirse interpelados por la explotación o la violencia. El concepto tiene más de una década, pero ha vuelto a cobrar protagonismo a raíz de la difusión del vídeo de Óscar Puente. El ministro sufre y grita de dolor mientras un individuo lo graba a escondidas, para luego difundir las imágenes y ridiculizar su agonía. Los expertos consultados por este medio critican el hecho de que el partido líder de la oposición haya profundizado ahora en esas «pedagogías de la crueldad».
«El PP utiliza la vulnerabilidad física del adversario como objeto de burla, una condición que nos lleva a distinguir entre la violencia verbal y la crueldad. La violencia verbal puede atacar duramente las ideas, las actuaciones e incluso a las personas que las promueven. La crueldad introduce algo más: convierte el dolor, la vulnerabilidad y la humillación del otro en un espectáculo del que obtener rendimiento político», explica Luisa Martín Rojo, catedrática de Lingüística General e investigadora principal del Centro de Investigación sobre Multilingüismo, Discurso y Comunicación de la Universidad Autónoma de Madrid. «El otro elemento interesante en la difusión de este vídeo es que aparece como una respuesta o una especie de venganza por declaraciones previas del ministro, es decir, sigue una lógica de represalia«, continúa la profesora, que tacha de «salto cualitativo» el hecho de que «uno de los principales partidos del sistema político» haya recuperado un contenido difundido inicialmente en espacios –marginales- de extrema derecha.
La crueldad también ha mirado en los últimos meses a Pedro Sánchez. El PP lleva años utilizando el «me gusta la fruta» como eufemismo para llamarle «hijo de puta». Los tertulianos conservadores han especulado esta semana con una posible «enfermedad terminal» y han asegurado que era «hostiable» y «un cabrón». El fenómeno ha apuntado mucho antes hacia otras mujeres políticas como Irene Montero, Pilar Alegría o Rita Maestre, de la que llegaron a difundir su dirección en páginas web de anuncios sexuales. «Esta violencia la llevamos viendo mucho tiempo con formas de proceder parecidas, personas que señalaban las actitudes o vestimenta de las víctimas de agresiones sexuales para desacreditarlas o llamaban proetarras a quienes trataban de promover cambios en la sociedad para reducir así su impacto», insiste Raúl Piñuela Sánchez. La pornografía deepfake contra las mujeres políticas también se ha extendido durante los últimos años por Europa.
Los ataques fuera de la política
Los ataques y descalificativos también se han intensificado durante las últimas semanas contra personas y colectivos al margen de la escena política, como los menores migrantes que llegaron este verano a Ceuta o Maricarmen Abascal, la vecina a la que Urbagestión desahució de la casa en la que llevaba viviendo 70 años en el centro de Madrid y que terminó muriendo en el hospital, tras convertirse en el símbolo de la rebelión ciudadana por la crisis de la vivienda. Vox banalizó desde el principio la situación de la anciana y utilizó –para referirse a su lanzamiento– el término «Morocarmen«. Isabel Díaz Ayuso ironizó desde un foro de inversores inmobiliarios: «Que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar a mis caseros y en la próxima manifestación de inquilinas, me sumo«. Lucía Etxebarría, Telemadrid, ABC, El Confidencial o El Español indagaron además en su vida privada y se burlaron de sus «malas formas» o sus «gastos en el bingo». La acusaron de ser una «déspota», una «jeta» y una «franquista de toda la vida».
«El señalamiento personal se utiliza para deslegitimar una posición, desplazando la atención desde lo que alguien dice hasta quién es esa persona o cuáles son sus orígenes. Lo que se intenta con esta estrategia es reducir el valor de la palabra del otro, desacreditando a quien la pronuncia en lugar de confrontarle con un argumento. Esto tiene consecuencias especialmente graves cuando afecta a personas que no se dedican a la política. La exposición pública, la investigación y el escarnio elevan el coste de participar en el debate público», defiende Luisa Martín Rojo. La prensa conservadora también publicó decenas de tuits y noticias sobre el pasado y las familias de los portavoces del Sindicato de Inquilinas de Madrid.
Martín Szulman advierte de que la crueldad que se desprende contra quienes ocupan espacios públicos «no siempre se presenta como tal, sino que viene –muchas veces- disfrazada de valentía, autenticidad o ingenuidad«. El sociólogo y analista político recalca además que este tipo de prácticas conectan sobre todo con «segmentos de la población profundamente frustrados» y en los que conviven «promesas agotadas», como sucede ahora de alguna manera en España. La derecha y la extrema derecha son «quienes mejor han entendido» el uso de la crueldad en la política. Pero hay otros ejemplos. El PSOE atacó la semana pasada a Ayuso presentándola como un bebé que -años atrás- había recibido un golpe en la cabeza y de ahí sus discursos sobre el voto por correo de cara al 29N. El vídeo lo difundieron a través de su cuenta oficial de TikTok.
¿El fenómeno tiene vuelta atrás?
Las voces consultadas por este medio coinciden al señalar la «responsabilidad» de los líderes políticos en el aumento de la crueldad como herramienta electoral, pero no tienen del todo claro que las posibles soluciones –para revertir la situación- puedan tener efecto. «Los líderes de opinión tienen que autoimponerse un código ético en el ámbito político y mediático, unas normas que impliquen la humanización y la personalización de los adversarios, por mucho que discrepen con sus ideas. El rechazo unánime de estas formas de violencia haría que volvieran a ser socialmente indeseables», reitera Raúl Piñuela Sánchez.
«El fenómeno tiene vuelta atrás porque las normas que lo hacen tolerable se acuerdan y pueden modificarse, tanto por parte de los partidos, como de los medios de comunicación que amplifican estos discursos y de las plataformas que los premian. El problema es que contener estas dinámicas exige unos acuerdos para los que no parece haber voluntad», añade Luisa Martín Rojo.
Martín Szulman, por su parte, termina con la siguiente reflexión: «La crueldad genera una sociedad hipertensa y al mismo tiempo la necesita para tener recorrido, hablamos de una retroalimentación, pero la responsabilidad es de los líderes y partidos políticos».
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