Del celular a los juegos en el recreo: una campaña propone recuperar el tiempo sin pantallas


En el recreo de una escuela secundaria porteña, un grupo de chicas volvió a saltar la soga. Otros estudiantes juegan al ping pong, al metegol o improvisan partidos de vóley. Hasta hace poco, en ese mismo patio predominaban los celulares: los adolescentes pasaban buena parte del recreo mirando sus pantallas, incluso cuando estaban rodeados de compañeros. “Ayer en un recreo me quedé con 27 celulares”, cuenta Flavio, el vicerrector de la escuela.
La experiencia forma parte de “Lo que no se ve”, una campaña de concientización impulsada por el Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires (CESBA) y Manos Libres, un movimiento de familias que promueve postergar el acceso de los chicos a los teléfonos inteligentes y las redes sociales. La iniciativa reúne testimonios de docentes, padres y adolescentes para plantear una pregunta: ¿qué actividades y experiencias quedan desplazadas cuando aumenta el tiempo frente a las pantallas?
La campaña se presenta en un contexto de creciente preocupación por el vínculo de niños y adolescentes con la tecnología. Según el estudio Kids Online Argentina, de Unicef y Unesco, los chicos reciben su primer teléfono inteligente entre los 9 y los 10 años. Además, el 58% de los niños de entre 9 y 11 años utiliza redes sociales todos los días, una proporción que asciende al 94% a partir de los 15 años.
En la Ciudad de Buenos Aires, los estudiantes secundarios pasan en promedio 6 horas y 10 minutos diarios frente a una pantalla, de acuerdo con una investigación del Ministerio de Educación porteño y el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA). Sin embargo, ese mismo estudio encontró que problemas como la ansiedad, la depresión o la somnolencia no se relacionan tanto con la cantidad de horas de uso como con las formas problemáticas de vincularse con los dispositivos.

Flavio, que lleva 30 años trabajando en educación, cuenta que este año reunió a todos sus alumnos para anunciarles que, a partir de la nueva regulación del Ministerio de Educación porteño, no podrían utilizar celulares durante las clases ni en los recreos. Al principio hubo resistencia: algunos estudiantes aseguraban que no podían vivir sin sus teléfonos.
Con el tiempo, las cosas cambiaron. La cooperadora compró un metegol, apareció una mesa de ping pong y los chicos recuperaron juegos y actividades compartidas. “Regular no siempre implica prohibir. Muchas veces tiene que ver con buscar una alternativa superadora”, sostiene el directivo.
La campaña también incluye la experiencia de Faustino, un adolescente de 17 años que decidió reducir el tiempo que pasaba conectado después de ver el documental El dilema de las redes sociales. Reconoce que el cambio no fue inmediato: al principio apareció el aburrimiento, pero también descubrió que tenía más tiempo para pensar y dedicarse a otras actividades. A otros jóvenes les propone preguntarse hasta qué punto utilizan sus celulares por elección o simplemente por costumbre.
Los adultos tampoco están al margen del fenómeno. Según la Encuesta de Uso del Tiempo de CABA, entre 2016 y 2023 la proporción de porteños de 14 años y más que utilizan medios de comunicación diariamente pasó del 76% al 87%. Entre quienes los utilizan, el tiempo dedicado a estas actividades alcanza las cuatro horas diarias, casi una hora y media más que siete años atrás.

Luciana Schwartz, cofundadora de Manos Libres junto con Elena Griolli, advierte sobre las dificultades que enfrentan las familias para establecer límites. “La tecnología entra en casa sin pedir permiso, está diseñada para ser adictiva y cambia más rápido de lo que podemos entenderla. No hay costumbres que nos guíen porque todo es demasiado nuevo”, afirma.
Para Schwartz, una de las claves es recuperar las decisiones compartidas entre familias: “Hoy esa aldea se desarmó, y cada familia quedó sola frente a algo enorme. Entonces cada familia decide en soledad, con dudas, con culpa y con la presión de un ‘todos tienen’ que no para. Lo que proponemos en Manos Libres es volver a armar esa aldea. No para decirle a nadie lo que tiene que hacer, sino para pensar juntos”.
Desde el CESBA, la iniciativa se inscribe en una reflexión más amplia sobre el uso del tiempo, el bienestar y las posibilidades que ofrece la ciudad para el encuentro. “Ampliamos muy temprano la autonomía de los chicos y las chicas para moverse por el mundo digital mientras reducimos progresivamente su autonomía para moverse por la ciudad”, plantea Manuel Socías, presidente del organismo.
“La pregunta debería ser qué ofrecen las ciudades detrás de la pantalla para que den ganas de salir, de habitarla”, agrega Socías. En ese sentido, la campaña no propone rechazar la tecnología, sino recuperar espacios para el juego, el descanso, el aburrimiento y los vínculos presenciales, tanto entre los chicos como entre los adultos.
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