¿A qué edad empieza el cuerpo a ‘quejarse’? Un estudio demuestra que los peores dolores ocurren antes de los 55 años

Por Redacción THE FYMOUS • 5 octubre 2026

Actualizado Lunes,
5
octubre
2026
–
17:08

El dolor es una de las experiencias humanas más universales y puede que la más difícil de medir por la Medicina: no deja rastro en una analítica, no se puede ver en una radiografía o una ecografía y no existe un medidor, como un termómetro, capaz de cuantificarlo. Hasta ahora, la ciencia intentaba comprender la epidemiología del dolor a través de los diagnósticos médicos oficiales, pero eso deja fuera el dolor de las personas que no entran en el sistema sanitario, especialmente en regiones pobres donde ir al médico es un lujo.

Para poder incluir a esas personas que se quedaban fuera de las estadísticas del dolor, un equipo internacional de investigadores de la Universidad McGill en Canadá, liderado por Matt Fillingim y Etienne Vachon-Presseau, ha recopilado y analizado los datos de más de seis millones de personas en 118 países y territorios, combinando 902 bases de datos de 138 programas de encuestas poblacionales realizadas entre 1990 y 2025. El resultado, publicado en la revista Nature Medicine, es el primer mapamundi interactivo de cómo se distribuye el dolor a lo largo de la vida humana. Al preguntar directamente a las personas si les ha dolido el cuerpo en el último mes, al margen de que tengan un diagnóstico médico, las conclusiones cuestionan muchas cosas que se daban por sentadas.

Por ejemplo, solemos pensar que el cuerpo duele más de forma constante y progresiva a medida que envejecemos, pero el estudio demuestra que el cuerpo no funciona así. Los aumentos más bruscos y acelerados de dolor ocurren antes de cumplir los 55 años. A partir de esa edad, la evolución del sufrimiento físico cambia por completo según la zona del cuerpo afectada.

Los investigadores analizaron 11 regiones anatómicas específicas y descubrieron que en siete de ellas (como el dolor de cabeza, el dolor facial o el dolor estomacal y abdominal) la prevalencia sigue una curva con forma de U invertida. Es decir, el problema alcanza su punto más alto en la juventud o en la mediana edad y, sorprendentemente, estos dolores tienden a aliviarse o a estabilizarse al entrar en la vejez. Por el contrario, el dolor en zonas sometidas a una mayor carga mecánica -como la espalda, la cadera y la rodilla- sí continúa aumentando de forma progresiva a medida que sumamos años. La prevalencia global en la población de estos dolores es muy dispar: mientras que el dolor facial apenas afecta al 2% de las personas, el dolor de espalda es el rey del sufrimiento físico, afectando hasta al 40% de la población.

El estudio arroja otra realidad muy clara: las mujeres reportan de manera constante niveles de dolor más elevados que los hombres. Esta diferencia no es sutil ni depende de la región geográfica o del nivel cultural. Es una brecha matemática que se repite en las 11 zonas anatómicas estudiadas. Las diferencias más profundas entre sexos se localizan en los dolores de cabeza, el dolor facial y las molestias estomacales o abdominales. Aunque los factores biológicos, hormonales y psicosociales detrás de esta disparidad siguen siendo objeto de debate científico, la consistencia de los datos a nivel global obliga a la medicina moderna a considerar la perspectiva de género de forma urgente a la hora de diseñar estrategias de prevención y tratamiento.

Relación con la pobreza

El hallazgo más revolucionario del estudio es la íntima relación entre el dolor y el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de los países. Hasta hoy, los datos oficiales sugerían que el dolor era más prevalente en los países ricos. Pero ese dato estaba distorsionado porque en los países del primer mundo hay más médicos, más diagnósticos y mejores registros. Al preguntar directamente a las personas en sus casas, el estudio demuestra que el sufrimiento físico en los países más desfavorecidos no solo es mayor, sino que se dispara de forma drástica a partir de los 40 años. Las diferencias al llegar a la vejez son sobrecogedoras: al alcanzar los 80 años, la probabilidad de sufrir cualquier dolor corporal es 31 puntos porcentuales mayor en los países pobres que en los ricos y la probabilidad de sufrir dolor lumbar es casi el doble entre los ancianos de regiones pobres. Quien envejece con pocos recursos está condenado estadísticamente a una vejez mucho más dolorosa.

¿A qué se debe esta tremenda desigualdad entre países? Los investigadores calcularon que uno de cada cinco casos de dolor en el mundo (el 18,3%) tiene que ver con tres factores que se podrían cambiar o prevenir: el tabaquismo, la obesidad y tener unos ingresos bajos. Sin embargo, el impacto de estos factores es profundamente desigual según la geografía. En Europa del Este, por ejemplo, el tabaco, la obesidad y los bajos ingresos explican el 27,1% del dolor de la población. En cambio, en el África subsahariana, estos tres factores juntos apenas representan el 12,6% de la carga.

Esto significa que, en los entornos de menor desarrollo, las causas detrás de esos niveles tan elevados de dolor severo siguen siendo en gran parte desconocidas y poco estudiadas. Los autores apuntan a que factores que no suelen medirse en las encuestas occidentales -como trabajos físicos extremos sin regulaciones mecánicas, secuelas de enfermedades infecciosas mal curadas o la desnutrición crónica- podrían ser los verdaderos motores del sufrimiento en estas regiones.

Como todo trabajo científico riguroso, los autores introducen una advertencia metodológica crucial para interpretar las gráficas. La gran mayoría de los datos analizados se recolectaron en un único punto en el tiempo (estudios de corte transversal). Esto significa que las curvas muestran las diferencias actuales entre grupos de edad (comparando cómo le duele el cuerpo a un joven de 20 años hoy frente a un anciano de 80 hoy). Los datos no reflejan el seguimiento longitudinal de una misma persona a lo largo de su vida. Por tanto, parte del descenso del dolor observado en la vejez podría deberse a un «efecto cohorte». Es decir, las generaciones más ancianas actuales podrían haber desarrollado una mayor resiliencia o haber estado expuestas a factores ambientales distintos a los de los jóvenes de hoy.

Al demostrar que el dolor se acumula de forma masiva antes de cumplir los 55 años, los científicos insisten en que las políticas de prevención del dolor crónico deben empezar mucho antes en la vida, en lugar de esperar a que el paciente sea de la tercera edad y el daño articular o neurológico sea irreversible. Los autores han diseñado el Global Pain Benchmarking Tool, una plataforma digital de acceso abierto para que, a partir de ahora, cualquier equipo médico o investigador del mundo pueda subir los datos de sus pacientes locales y compararlos con las normas globales de dolor obtenidas en este estudio, identificando al instante si su comunidad sufre más de lo demográficamente previsto.


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