El directivo escolar: ¿administrador o líder pedagógico?

Por Redacción THE FYMOUS • 7 octubre 2026

Nueve personas en una mesa de reuniones con documentos, cuadernos y una laptop. Hay dos pizarras blancas y ventanales con árboles florecidos.
A los directivos se les pide que lideren la enseñanza, pero que también sean gestores de urgencias y conflictos; después nos preguntamos por qué casi no entran a las aulas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuando trabajo con directivos siempre les hago una pregunta: ¿cuánto tiempo de esta semana estuvieron realmente ocupados en la enseñanza? No en organizarla ni en resolver quién cubre a un docente que faltó o contestar un reclamo. ¿Cuánto tiempo estuvieron dentro de un aula, mirando cómo se enseña, conversando con un docente sobre su práctica, ayudándolo a planificar o analizando qué están aprendiendo los alumnos? Se imaginan la respuesta…

Y no es que a los directores no les interese lo pedagógico: muchos llegaron a la gestión justamente porque querían tener mayor impacto sobre la enseñanza. El problema empieza con el día escolar.

Una familia espera en la puerta. Hay que responder un pedido de supervisión. Falta un docente. Apareció un problema con el comedor. Hay una autorización pendiente, una reunión que se estiró y un conflicto entre adultos que alguien tiene que destrabar. Cuando el director finalmente levanta la cabeza, terminó la jornada. Y después le pedimos que sea un “líder pedagógico”.

Parece injusto reclamar si antes no revisamos cómo está diseñado su trabajo. En educación hablamos mucho de mejorar la formación de los equipos de conducción, y por supuesto que eso importa. Mucho. Un director necesita saber observar clases, dar feedback constructivo, acompañar procesos de cambio y tomar decisiones pedagógicas. Pero aprender a hacer algo no garantiza que exista el tiempo institucional para hacerlo. Esa es la trampa que veo cada vez que hago la pregunta del principio.

Un hombre de traje habla frente a un grupo de diez personas sentadas alrededor de una mesa rectangular en un aula escolar con ventanas y un pizarrón.
Un director de escuela lidera una reunión con docentes y padres. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Además, es un problema que se tiende a personalizar. Si un director casi no entra a las aulas, rápidamente pensamos que debería organizarse mejor, delegar más u ordenar mejor sus prioridades. A veces es así, pero muchas otras estamos intentando solucionar con habilidades personales un problema de estructura.

El problema se agrava cuando el propio cargo está construido alrededor de esa contradicción: se espera que quien conduce la escuela se concentre en el aprendizaje, pero se convierte a esa misma persona en receptor final de casi todo lo que ocurre en la institución. La dirección parece una oficina de objetos perdidos: todo lo que no tiene dueño va a parar ahí. Vale la pena mirar qué termina sobre el escritorio del director simplemente porque nadie definió con claridad dónde debería terminar.

También habría que revisar algo que en educación cuesta mucho: sacar tareas. Somos bastante buenos agregando programas, protocolos, registros, reuniones y responsabilidades, y mucho menos buenos preguntándonos qué deja de hacerse cuando agregamos una nueva. Si queremos que un director observe clases, por ejemplo, esa actividad tiene que ocupar un lugar concreto en su agenda, y ese lugar compite con otra cosa. No existe el tiempo adicional escondido en algún rincón de la jornada escolar. Ojalá.

Así que creo que nos debemos esa discusión: cuáles de las tareas administrativas pueden resolverse de otra manera o no necesitan llegar a la dirección, qué decisiones pueden tomar otros miembros del equipo y cuánta burocracia responde verdaderamente a una necesidad de la escuela.

En una escuela importa mucho aquello a lo que el director puede prestar verdadera atención. Si toda su energía queda absorbida por conseguir que la escuela funcione hoy, ¿cómo le pedimos que piense la escuela de mañana?

Y en la medida en que el director deba hacer todo, nunca tendrá tiempo para aquello que solo él puede o debe hacer.

Es una pena que el directivo pase por las aulas cuando ‘le queda tiempo’. Si entrar a las aulas queda para cuando sobra tiempo, ya sabemos lo que va a pasar: casi nunca va a sobrar.


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