Entrevista al director y escritor Rodrigo Cortés

Por Redacción THE FYMOUS • 27 septiembre 2026

Cuando Matt Damon aseguró que Netflix pide guiones repetitivos para que la gente, que acostumbra a consumir cualquier producto cultural -como mínimo- a dos pantallas no se distraiga, es posible sentir una pequeña puñalada. Quizás sea la culpa, porque todos lo hemos hecho alguna vez, pero también la lástima, porque nuestra incapacidad de mantener la atención en un lugar es la responsable de que la cultura pierda enjundia y magia.

Los libros de Rodrigo Cortés -como tendrían que hacerlo todos pero ese es ya otro tema- exigen lo que tanto nos falta: atención. El director y escritor publica Hija del cielo (Random House), una novela en la que una niña ¿endemoniada? y encerrada en una habitación sin ventanas se convierte en una de las voces de una deliciosa narración que atrapa, inquieta y genera lo que la lectura tiene que generar: no demasiadas certezas, pero sí muchas reflexiones. “No creo que sea especialmente valiente hacer algo que no se pueda hacer mientras contestas WhatsApp o mientras hablas con alguien. Aquello que lees debería traer tu atención lo suficiente como para aplazar otras cosas y si no, es que no lo estás haciendo muy bien”, dice.

“A veces se baja el nivel del juego precisamente por eso, porque parece que se te demanda que escribas de según qué manera para que no haya que atender demasiado. Pero eso no tiene ningún sentido; si hacemos eso todos, iremos bajando el nivel del juego el autor, el lector, después el autor para adaptarse al lector, después el lector para adaptarse al autor y acabaremos como seres unicelulares que se comunican por impulsos eléctricos”, asegura el autor a Elle.

'Hija del cielo'

En Cuentos telúricos ya había varios niños que no eran precisamente seres de luz. Aquí confieso que en ocasiones, la niña del demonio, nunca mejor dicho, se me hace un poco insoportable. ¿Qué relación tienes con la niña? ¿Reina el amor-odio?

Sí, además ha ido cambiando por fases y a lo largo de la lectura desde el punto de vista del lector, que inicialmente la acoge como víctima. Luego ve que también tiene los dientes afilados y al final no tiene muy claro si está endemoniada, si es santa, una mentirosa, si está enferma, si es víctima… Y probablemente, la verdad sea una suma de todas ellas o al menos, cada uno decidirá cuántas casillas marca.

En lo personal nunca tengo la necesidad de que me caigan bien mis personajes ni hago ningún esfuerzo para que caigan bien; intento que sean interesantes y que me lo resulten. Desde luego no los juzgo nunca y los acepto en toda su ambivalencia y en toda su contradicción con la esperanza de que eso sea lo que verá en ellos el lector, que se sentirá fascinado por ellos y por su complejidad más allá de lo que piense de si le caen bien o mal, que son asuntos completamente distintos.

En realidad, no se sabe muy bien si la niña está endemoniada, si es una santa o si es una imbécil. Es algo que me pasa con cualquier persona “endemoniada”: no sé si ha salido de Hermano mayor o si realmente tiene al demonio dentro.

Nosotros sabemos al fin y al cabo lo que está pasando dentro de esa cabeza. Y por otro lado, el bien y el mal no siempre se diluyen en fronteras claras. Hay palabras que no se usan en la novela como por ejemplo posesión, exorcismo o diablo. La voz que habita a la niña se hace llamar ‘El hombre guapo’. Y hay un pasaje en el que ‘El hombre guapo’ destina tres páginas a definirse a sí mismo en una lista interminable de epítetos, diciendo lo que es. “Soy la palabra que sobra, soy la vasija de las flores muerta, soy la oración que se queda, la que no se va de la cabeza, etc”. A lo largo de tres páginas. Y varios de estos epítetos uno los percibiría como benéficos, otros como sin duda malignos, otros parecen vivir en la abstracción de la poesía, otros son simplemente lúcidos, con una lucidez que nos incomoda y nos aplasta, pero no nos pone demasiado fácil identificar con precisión su origen, porque sentimos que está jugando con nosotros y que está jugando con nuestra cabeza. A saber quién es, qué busca y qué quiere, o siquiera si existe.

«No me interesa dar lecciones morales ni turras a nadie»

Lo que la novela no es es una oda a la fe ni tampoco una crítica.

Sería rarísimo encontrar en nada de lo que hago un apoyo explícito a algo o una crítica a algo, porque no me interesa nada trabajar desde ahí. No me interesa dar lecciones morales ni turras a nadie; no soporto que me las den y procuro devolverle el favor a los demás. Me interesa que los personajes expresen muchas veces cosas que son incluso contradictorias con las que pienso yo. No trato de que sean pequeñas marionetas que trasladen al lector mi visión del mundo.

Si algo me parezco yo es a la novela, a la vibración que queda en tu cabeza cuando deje de sonar, pero a los personajes les impongo muchas veces ejercicios casi de resistencia, haciendo que digan cosas que yo no diría, que opinen cosas que no opino, o incluso que digan cosas cuando siento el impulso de que digan otras. Si siento que deberían decir sí, a lo mejor les hago decir no y veo cómo sobrevivo al envite. Así que trato de hacer muchas cosas a través de la literatura, pero una de ellas no es dar lecciones.

rodrigo cortés

Cortesía.

’Hija del cielo’.

Hay un momento en el que escribes que «solo lo que no importa sirve». Lipovetsky me dijo hace meses que la ligereza es necesaria para sobrevivir.

Sobre todo en el mundo de la creación, lo más importante es lo inútil, porque en realidad nada de lo que hacemos sirve para nada. Es evidente que el mundo funcionaba perfectamente antes de Hija del cielo y que girará exactamente al mismo ritmo después de su lanzamiento. Pero incluso si hablamos de obras magnas, intocables, de autores solidificados como sublimes por la historia, lo que ellos hicieron tampoco sirve para nada de por sí. ¿Para qué sirven los conciertos de Brandenburgo de Bach? No para mucho. No puedes arreglar aparatos con ellos, no mejora la economía de un país y sin embargo son fundamentales porque llenan todos esos huecos que nadie mide pero que de otro modo no se llenan.

«En lo personal estoy poco interesado en creer: estoy más interesado en entender»

«Existe un error: el de creer», escribes. Siempre me ha dado mucha envidia la gente que cree.

En lo personal estoy poco interesado en creer: estoy más interesado en entender. Pero no trato de que esto suene a fórmula racionalista o positivista. Hay muchas cosas que yo no sé explicar y muchas cosas que existen más allá de mi comprensión. Pero incluso si quisiera acceder a ellas, incluso si fuera la niña santa o fuera el padre Alén y quisiera acceder a Dios, trataría de entenderlo y no de creer en él.

En la novela he visto el mensaje del pérdida de la inocencia. No sé si este era un tema que tenías en mente al escribirla.

Todas esas lecturas son posibles porque yo no me siento a desarrollar temas. Me siento a contar una historia y a descubrir cómo es esa historia. Me siento a descubrir cómo es la niña, dónde está, a qué huele ese lugar, por dónde entra la luz, cómo cambia con el paso de las estaciones, quiénes son los personajes alrededor… Y voy desenrollando esa historia, pero por supuesto se filtran muchas cosas. Simplemente sucede que no las impongo.

rodrigo cortés

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Rodrigo Cortés

No trato de desarrollar un lenguaje simbólico y renuncio de forma muy consciente a la alegoría. Porque las cosas, cuando encierran un tipo de verdad, ya son lo suficientemente metafóricas por sí mismas como para que tú les impongas nada. Porque si son en alguna medida verdaderas, el lector va a sentir cómo resuenan consigo mismo. Le van a recordar situaciones en las que se sintió parecido o le va a parecer que alumbra determinados aspectos de su vida. Y para mí eso es doblemente valioso cuando no es buscado, cuando confías en el material lo suficiente como para imaginar que eso es lo que va a suceder.

Pero claro, eso hará que cada lector se mire la novela desde sí y que la novela le devuelva una imagen distinta. Hay quien ama a la niña y solo quiere protegerla y odia a todos los demás porque los considera como una especie de torturadores. Hay a quien le irrita profundamente la niña y ama la complejidad de Alén en toda su evolución. Y eso es exactamente igual a lo que nos sucede en la vida.

«Si me preguntas si hace falta publicar para ser escritor, mi respuesta inmediata es que sí»

El comienzo de una entrevista que te hicieron el otro día comenzaba así: “Rodrigo Cortés es un cineasta que ha publicado cinco libros en seis años, o sea, un escritor”. ¿Hace falta publicar más de un libro para ser escritor? Es más, ¿hace falta llegar a publicar para serlo?

Con la primera voy a ser más cauto porque está claro que si eres Rulfo y escribes dos libros, con suerte tres, da igual. Podría haber sido solo uno y estaría en la cima de las letras. Si me preguntas si hace falta publicar para ser escritor, mi respuesta inmediata es que sí. Para ser algo creo que tienes que dedicarte a ello y no imaginar que lo eres. Es decir, con 17 años tal vez sientas que hay un pintor encerrado en ti y que eso es lo que vas a conseguir ser. Y está muy bien. Pero ya pasados determinados años, más vale que eso llegue a alguna parte para que sigas poniéndolo en el perfil de Twitter.

Estás grabando el audiolibro de la novela. ¿Cómo está siendo el proceso?

Es complicado y más en una novela como esta, que alterna voces. En uno de cada dos capítulos, la niña se hace dueña de la narración y cuenta su historia en incomprensibles monólogos en primera persona, con inacabables subordinadas propias de los niños que encadenan ideas y que repiten una y otra vez la misma idea como si no te lo hubieran explicado antes. Por otro lado, un audiolibro no es exactamente una dramatización, no es teatro. No hay sonidos ni hay actores diferentes. Así que tienes que sentirla como si le estuvieras leyendo el libro a alguien. Como en esas películas en que un enfermo te pide que le leas y te sientas en el sofá de al lado, abres la primera página y empiezas a leerlo.

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Rodrigo Cortés.

Y sí, hay cambios de inflexión porque lo sientes natural. Y no es ninguna sorpresa que el desafío fue encarnar a la niña con esa aparente inocencia capaz de contarte el pasmo y las cosas más tremendas con la misma naturalidad con que te diría que ha desayunado, con una inteligencia natural desarrollada pero muy pocas armas para expresarse. Tiene poco vocabulario y errores gramaticales constantes por ser una niña no educada, criada en un pueblo de una época indeterminada pero que percibimos como de principios del siglo XX, aunque nunca se precisa. Y ahí hubo que encontrar una música muy particular que es sorprendentemente divertida. Dice cosas tremendas, muy difíciles de asumir y uno no puede evitar reírse por el modo en que lo hace.

Supongo que pronto hablaremos de nuevo porque con esa capacidad que tienes y que tanto envidio, habrás escrito diez novelas.

Mi próximo proyecto es dormir.

Headshot of Marita Alonso

Marita Alonso es experta en cultura pop y estilo de vida. Escribe acerca de fenómenos culturales desde una mirada feminista en la que la reflexión está siempre presente. No tiene miedo de darle una pincelada de humor a las tendencias que nos rodean e intenta que el lector ría y reflexione a partes iguales. Cuando escribe sobre relaciones, su objetivo es que la toxicidad desaparezca y que las parejas sean tan saludables como las recetas que intenta cocinar… Con dramáticos resultados, claro. Los fogones no son lo suyo.

Ha publicado dos libros («Antimanual de autodestrucción amorosa» y «Si echas de menos el principio, vuelve a empezar») y colabora en diversos medios y programas de radio y televisión luchando por ver las cosas siempre de una manera diferente. Cree que la normalidad está sobrevalorada y por eso no teme buscar reacciones de sorpresa/shock mediante sus textos y/o declaraciones.

Licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense, imparte master classes de cultura pop, estilo de vida y moda en diversas universidades. En Cosmopolitan, analiza tendencias, noticias y fenómenos desde un prisma empoderador.


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