está por cumplir 70 años, conoce más de 100 países y viaja buscando «lo diferente»

Por Redacción THE FYMOUS 21 septiembre 2026

Lo primero que muestra Néstor es un borkoto; sirve de apoyo para la cabeza y, al mismo tiempo, es un pequeño asiento de madera. Está tallado a mano por un nómade de la tribu Hamer a quien conoció en el sur de Etiopía, cuenta, mientras pasa sus manos sobre la madera suave y desgastada. Las bibliotecas de su consultorio, cerca de Plaza Italia, desbordan de libros, pero sobre todo de objetos. Souvenirs (o suvenires) que evocan un viaje, un momento, una persona.

En esa mezcla de imanes, miniaturas de vidrio o metal y cajitas de fósforos, Néstor elige una pequeña yurta, una representación de la típica vivienda circular de fieltro que usan los pueblos también nómades de las estepas de Mongolia y “en las que dormí”, aclara. Y del estante superior baja una figura de un moái, esos gigantes de piedra que son parte de la historia del pueblo Rapanui en la Isla de Pascua.

Dice que ya no trae tantas cosas de sus viajes y la charla deriva en las restricciones sobre el equipaje, el carry on y el espacio (escaso) en los asientos de Economy.

Bibliotecas y cientos de objetos de sus viajes por el mundo. En la mano, Néstor tiene el borkoto.

Néstor Givré es psicoanalista, computador científico y viajero. En octubre cumplirá 70 años. Solía mandar sus relatos de viaje a la sección El viaje del Lector, que se publicaba los domingos en el suplemento Viajes de Clarín. Cada tanto escribía un mail a la redacción contando un nuevo viaje, como cuando fue al Monte Athos (un territorio autónomo dentro de Grecia que prohíbe la entrada a las mujeres) o cuando tuvo una visita turbulenta a Túnez (entre otras cosas, en el aeropuerto le robaron dinero).

Ya perdió la cuenta de cuántos países conoce, 110 o 125, dice. Su primer viaje fue al Amazonas, en Brasil. Aunque quizá empezó a “viajar” antes, cuando su papá, geólogo, le contaba sobre los lugares de trabajo. O cuando le regaló un atlas, punto de partida para soñar. También fue clave cuando, a los 25 años, se recibió de las dos carreras y se fue a Europa sin fecha de regreso. Once meses en más de 100 ciudades. Viajaba (y dormía) en trenes y paraba en albergues de la juventud. Tocaba el saxo en la calle e iba renovando sus ingresos para seguir viajando. Mientras, su papá marcaba el recorrido de su hijo en aquel atlas.

Las playas de Samoa, en el Pacífico sur. Foto Néstor Givré

Siguió viajando toda su vida. Hoy, 50 años después de aquel primer viaje a Brasil, acaba de regresar de las “tres Guyanas” (Guyana, Surinam, Guayana Francesa) y de Trinidad y Tobago, un país insular del Caribe.

Su agenda ya tiene marcados los próximos destinos de este año: las colonias menonitas de Paraguay y, luego, Francia porque quiere conocer algo que le queda pendiente: la casa donde vivió y murió el General José de San Martín en Boulogne sur Mer. Y la casa de Adolphe Sax, inventor del saxo, en Bélgica.

-Después de tantos viajes, ¿cómo elige sus destinos?

-Quizás me remita a por qué viajo y qué me motiva. La respuesta sería la curiosidad, el placer de la libertad de ir improvisando, de tomar ciertos riesgos, de conocer. En psicoanálisis hablamos de pulsión epistemofílica, aquello que me ha movido toda mi vida, a estudiar (acaba de aprobar su sexta materia en Derecho), a aprender cosas y tener cierta valentía. Los destinos los elijo en general por lo diferente a nuestra cultura y voy a países o regiones no precisamente “turísticas”. Voy predispuesto a vivir experiencias diferentes y tomo ciertos riesgos e incomodidades.

Nido de Tigre, un monasterio en Bután. Foto Néstor Givré

Acá Néstor hace una pausa y aclara: “No hay una única manera de viajar, sino que cada uno elige lo que le sea placentero. En mi caso no voy de vacaciones para estar dos semanas en un mismo lugar descansando en un buen hotel. Prefiero explorar, caminar muchísimo, hablar mucho con la gente del lugar y tener experiencias diferentes”.

Cuenta que es ateo judío y que le atrae vivenciar los diferentes rituales religiosos sean coptos, budistas, ortodoxos… de todas las religiones.

“Recuerdo estar fascinado caminando en medio de la noche en Etiopía entre miles de peregrinos vestidos de blanco; en ceremonias mayas íntimas en Guatemala; de madrugada con los monjes ortodoxos en Athos; escuchar los cantos en iglesias protestantes de Samoa todos vestidos impecablemente de blanco. Me atraen las comunidades como las que uno ve en National Geographic”, dice.

En el sur de Etiopía. Foto Néstor Givré

-¿Cómo fueron cambiando sus viajes?

-Poco y mucho. Internet y las plataformas de alojamiento han revolucionado el mundo. Antes de esas posibilidades yo improvisaba muchísimo, no sabía ni en qué ciudad y menos en qué lugar iba a dormir. Ahora es más difícil, porque en la mayoría de los lugares está todo ocupado. Ahora organizo muchísimo cada viaje (seis meses antes), qué museo visito ese día, actividades. Cuando salgo de viaje ya sé de antemano en qué ciudad estaré y dormiré. Si bien me quita la libertad de improvisar, me permite aprovechar mejor mi tiempo. Estudio mucho mi itinerario (se conecta con otros viajeros en foros y mira videos de YouTube). Es toda una tarea, a veces complicada y trabajosa, pero también es una manera de empezar a viajar.

-¿Cómo influye la edad en el tipo de viaje que hace?

-Mi manera de viajar es relativamente aventurera y en ese sentido no siento que haya introducido cambios. Tomo riesgos similares y, seguramente con límites corporales, recorro a pie, en bicicleta o hago trekking en montaña.

Un monje en Nepal. Foto Néstor Givré

Dice que tiene que retomar el gimnasio, pero que camina mucho. No tiene problema en andar 25 a 30 km por día. Hizo el Camino de Santiago desde Portugal hasta Galicia, y el año pasado caminó hasta Luján. Pasa de mostrar la foto tomada luego del carnaval en Guinea Bissau (África) o de contar la anécdota del Transiberiano, cuando la inspectora lo vio deambulando por los vagones y no lo dejó volver a su camarote, a recordar el día que conoció la Cueva de las Manos en Santa Cruz, los Seismiles de Catamarca o su fascinación por El Impenetrable chaqueño (y el viaje en moto hasta Formosa, en el asiento de atrás).

Hablando de cuestiones prácticas de un viaje, asegura que una de las cosas con las que es más cuidadoso es con el agua: tomar solo agua potable y, en algunas zonas, lavarse los dientes con agua embotellada. Que por más que planifica, siempre está abierto a “oportunidades” (de conocer un lugar fuera del circuito, de aceptar la invitación de un lugareño a comer a su casa, de hacer dedo porque no hay transporte para volver). Aún hoy planifica algunos viajes en carpa y no tiene problema en dormir en un aeropuerto. Y dice que aunque viaja un montón, a veces le pasan cosas insólitas, como cuando tenía que volar a China, fue al aeropuerto… y su pasaje era para el día anterior.

En las plantaciones de té de Sri Lanka. Foto Néstor Givré

“Viajar suele ser un sueño para mucha gente y muchas veces postergado para cuando ‘sea grande’, cuando ‘tenga dinero’… Por supuesto que requiere dinero, pero hay muchas maneras de viajar o vivir de manera turística, incluso la propia ciudad que uno habita. El otro día subí al Obelisco. Postergar, no llevar adelante un deseo genera culpa. Por diferentes motivos no solemos hacerlo. Viajar suele estar dentro de esa lista”.


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