La «mamdanización» de Die Linke: las claves de la victoria en Berlín de una izquierda pegada a la calle

Frente al avance de la extrema derecha a nivel global, el contundente triunfo de la izquierda de Die Linke en Berlín ofrece un laboratorio de reconstrucción para la izquierda europea. Mientras la socialdemocracia tradicional retrocede y los cordones sanitarios convencionales muestran signos de erosión, la resurrección de Die Linke en la capital alemana —pasando de rozar la irrelevancia al 25,7% de los votos— no responde a un fenómeno casual, sino a una mutación estratégica profunda. Un modelo organizativo y comunicativo que entronca con las tesis desarrolladas por el estratega político Morris Katz, quien tras dirigir la exitosa campaña de Zohran Mamdani en Nueva York ha pasado a asesorar a la izquierda alemana. Todo, con un método para rearmar al espacio progresista mediante disciplina de mensaje, utilidad material directa y organización territorial masiva.
El caso berlinés ilustra las líneas maestras de esta praxis. Tras la crisis interna que sufrió Die Linke en 2023, –cuando un sector del partido encabezado por Sahra Wagenknecht abandonó el partido, lo que supuso la pérdida del grupo parlamentario federal– Die Linke parecía abocado a la marginalidad. En noviembre de 2024, las encuestas le asignaban un modesto 6% en la capital. Sin embargo, el resultado de las elecciones de este domingo sitúa a la formación como primera fuerza con el 25,7% de los sufragios, aventajando a la Unión Demócrata Cristiana (CDU, 18,8%) del canciller Friedrich Merz, desplazando a la ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD, 16,3%) al tercer puesto y hundiendo al Partido Socialdemócrata (SPD) hasta un mínimo histórico del 12,1%, su peor registro en la ciudad que gobernaron Willy Brandt y Klaus Wowereit.
Más allá del impacto aritmético, el resultado cosechado por la candidatura liderada por la abogada laboralista Elif Eralp, especialista en derechos de los trabajadores e hija de inmigrantes turcos, señala un cambio de paradigma en cómo la izquierda puede contener y revertir el empuje ultra.
Disciplina comunicacional frente a la agenda de la derecha
Uno de los pilares formulados por Morris Katz al teorizar la eficacia de las campañas de la nueva izquierda en Estados Unidos es la estricta disciplina comunicacional: limitar la propuesta política a un número muy reducido de prioridades materiales e insistir en ellas de forma metódica, rechazando de plano las batallas culturales diseñadas por la derecha.
En Berlín, Die Linke aplicó este esquema de forma rigurosa. Mientras la CDU y la AfD buscaban centrar el debate en el lenguaje inclusivo, la inmigración o la seguridad, la campaña de Eralp articuló toda su propuesta sobre un único eje vertebrador: la crisis del alquiler. En una metrópoli donde 1,67 millones de hogares viven en régimen de arrendamiento frente a apenas 304.000 propietarios, el precio mediano de las ofertas de alquiler pasó de 8,80 euros por metro cuadrado en 2015 a 15,78 euros en 2025, según el Investitionsbank Berlin; una subida del 79% que duplica los costes de los contratos antiguos y dibuja una trayectoria paralela a la de otras grandes urbes europeas como Madrid (+84%).
En lugar de responder con argumentos abstractos, Die Linke centró la agenda en una exigencia concreta e inequívoca: ejecutar el mandato del referéndum de 2021 en el que el 59,1% de los berlineses votó por socializar, mediante indemnización, las carteras inmobiliarias de corporaciones con más de 3.000 inmuebles (afectando a unos 250.000 pisos en manos de gigantes como Deutsche Wohnen y Vonovia), además de congelar las rentas en las empresas públicas de suelo. Frente al encuadre mediático de la oposición, la formación respondió con lo que Eralp definió como un «relato que une», vinculando el acceso a la vivienda a la dignidad cotidiana de todos los residentes.
Un partido vivo y desplegado en los barrios
El segundo pilar de esta «mamdanización» pasaba por convertir la organización política en una red de utilidad social inmediata, superando la dinámica del partido que solo aparece en campaña. En los meses previos a los comicios, Die Linke transformó sus sedes y carpas de calle en oficinas de ayuda gratuita para auditar contratos de alquiler abusivos y revisar facturas de calefacción. Bajo el lema «Nunca solos, siempre juntos», la candidatura convirtió la acción política en un servicio público cotidiano para las capas populares.
Esta praxis resolvió dos fisuras históricas de la izquierda europea: la distancia tecnocrática del aparato socialdemócrata y el sermón moralista de las clases medias ilustradas. Como señalan publicaciones de referencia en la izquierda internacional como Jacobin o el diario alemán Tagesspiegel, las consignas de transformación profunda ganan eficacia cuando van acompañadas de herramientas operativas que alivian la vulnerabilidad del día a día.
Pero el rearme del partido no se libró solo en las pantallas, sino a pie de calle. La militancia de Die Linke en la capital se ha duplicado en los últimos dieciocho meses, arrastrando a una base fuertemente feminizada y juvenil. En un despliegue territorial sin precedentes en distritos multiétnicos como Neukölln, más de 2.000 voluntarios peinaron los barrios llamando a más de 140.000 puertas. La estrategia dio sus frutos: la participación escaló del 62,9% al 74,2%, y Die Linke logró movilizar a 75.000 antiguos abstencionistas —la mayor captación de toda la ciudad, por delante de los 65.000 de la AfD—, además de sumar 51.000 votos de Los Verdes, 36.000 del SPD y 14.000 de la conservadora CDU.
Radiografía de un apoyo amplio
Los resultados desmontan además la tesis enunciada por Sahra Wagenknecht en su ensayo Die Selbstgerechten (2021), donde sostenía que la izquierda perdía el respaldo popular por abrazar causas de sectores urbanos acomodados. Los datos confirman que, cuando la emergencia habitacional y el coste de la vida se sitúan en el centro, la dicotomía entre la clase trabajadora tradicional y la juventud precarizada salta por los aires.
Die Linke ha vertebrado una coalición social transversal sin fisuras. En las franjas más jóvenes, el partido arrasó con un 43% de los apoyos entre los 16 y los 24 años y un 49% entre los 25 y los 34 años, alcanzando un incontestable 54% entre las mujeres menores de 30 años. Al mismo tiempo, obtuvo un 29% entre titulados universitarios —reflejando que en una ciudad de inquilinos el título académico no inmuniza contra los abusos inmobiliarios— y se impuso con fuerza en distritos predominantemente obreros y multiétnicos como Neukölln (33%) o Friedrichshain-Kreuzberg (hasta el 47%). Mientras esta alianza amplia se consolidaba, la escisión conservadora en lo social de Wagenknecht (BSW) quedaba fuera del parlamento al no alcanzar el umbral del 5% (4,7%).
Límites políticos y conflicto institucional
Sin embargo, el histórico triunfo electoral no garantiza automáticamente el acceso al gobierno. En una cámara de 159 escaños, Die Linke suma 43 diputados y la CDU 31, seguidos de la AfD (27), Los Verdes (24) y el SPD (20). Ante el veto categórico de la CDU a pactar con la izquierda y el cordón sanitario infranqueable sobre la extrema derecha de la AfD, la gobernabilidad queda en manos de los socialdemócratas. Para sumar los 80 escaños de la mayoría absoluta, Elif Eralp necesita articular un tripartito con Verdes y SPD (87 escaños en total), convirtiendo a los socialdemócratas en el socio menor de una coalición progresista.
La negociación no será sencilla. El candidato socialdemócrata, Steffen Krach, ha mostrado severas reticencias y ha condicionado el diálogo a garantías parlamentarias tras las intensas polémicas desatadas en actos de campaña respecto a las denuncias del genocidio en Gaza. A este escollo aritmético se añade el conflicto competencial con Berlín: Eralp supedita la gobernabilidad a ejecutar la expropiación indemnizada de los grandes fondos, mientras el canciller Friedrich Merz ya prepara maniobras legislativas en el Bundestag para blindar a las corporaciones privadas. La batalla por la vivienda en Berlín se aboca así a un choque institucional de alcance federal ante el Tribunal Constitucional de Karlsruhe.
Pese al éxito en el laboratorio berlinés, la fórmula encuentra límites claros al abandonar el asfalto. En el mundo rural y las periferias, donde la vivienda en propiedad es la norma y las urgencias giran sobre el desmantelamiento de servicios o el declive industrial, la sola bandera del alquiler pierde tracción frente al malestar que capitaliza la extrema derecha. A ello se suma la paradoja del poder: transformar un partido en una red de auxilio comunitario es viable desde la oposición, pero choca frontalmente con la gestión institucional allí donde la izquierda ya gobierna. En cualquier caso, el laboratorio berlinés parece trazar una vía clara para la izquierda europea: frente al repliegue defensivo ante la ola ultra, la alternativa pasa por vertebrar utilidad material, organización comunitaria y presencia constante en la calle.
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