La memoria de un barrio obrero y una fábrica textil a partir

Justo a la puerta del centro de adultos Manolo Reyes, en El Cerro del Águila en Sevilla, el Ayuntamiento acaba de poner un parque infantil. Lograr que se instalara y se hiciera en condiciones —está por ver aún el final de la historia— ha costado ímprobos esfuerzos a la plataforma vecinal Las Águilas, según asegura a este periódico Eduardo López. Allí, en El Cerro, un barrio obrero de la periferia de la ciudad, saben bien, reflexiona López, lo que vale un peine, lo que cuesta dar un paso y conquistar un derecho. Para muestra, un botón: el primer colegio público vino en 1977, después de que fuera reivindicado por el movimiento popular de los años 70. En el centro de adultos se imparten hoy, entre otras, clases de Secundaria y de Tecnologías de la Información y la Comunicación —informática, en resumen—, y allí existe también un taller muy particular, del que forma parte López, uno que se dedica a escuchar a sus vecinos y a recopilar sus historias de vida, a partir de las que construyen una memoria colectiva.
A través, según explica José María López Luna, excoordinador del centro, de la implementación de la metodología del influyente educador brasileño ya fallecido Paulo Freire —autor de Pedagogía del oprimido— han editado ya tres volúmenes. El primero fue El olvido está lleno de memoria. El segundo es La memoria recuperada y ahora han sacado el tercero, con nueve entrevistas, llamado Hytasa, luchas obreras, esperanzas y decepciones. Historias de vida de trabajadores y trabajadoras de una fábrica textil en Sevilla. El origen del taller, la semilla, germinó hace dos décadas. «Hice un curso sobre memoria histórica y ciencias sociales y resultó que muchos de mis alumnos del centro de personas adultas habían sido represaliados del franquismo. Empezamos a trabajar las historias de vida. Empezamos a grabar a estas personas. A partir de la grabación de una de ellas, María Álvarez, de Herrera, que era la primera vez que hablaba de la represión en su familia públicamente, y que fue una liberación para ella, me di cuenta. Ahí empezamos a hacer un grupo y a hacer las historias de vida».
«La manera de trabajar es hacer entrevistas a personas que tuvieran interés. Les dejamos que hablen libremente, pero les damos un pie, que cuenten su niñez, la vida en la fábrica, el origen de dónde vienen, las luchas de su trabajo, junto con las luchas sociales y políticas…», explican a Público en un encuentro en el centro los integrantes actuales del taller, que han cambiado con los años. «Luego contextualizamos, buscamos una literatura de ciencias sociales e histórica y que explica lo que ellos hablan. Damos una base científica a esa historia oral», agrega López Luna. Para el volumen de Hytasa —Hilaturas y Tejidos Andaluces SA—, factoría que cerró en 2012, además de Eduardo López y José María López Luna, completan el equipo del taller Encarna Rojas Amado, Manuel Carmona González, Francisco Escoriza Gutiérrez, Dolores Loli Reina Sánchez, Emilio Lucio-Villegas y Leonardo Baptista. Lo que les motivó a enfocar el tercer volumen por la fábrica textil fue una sencilla reflexión: «Hytasa no podía quedar en el olvido».
José González-Monteagudo, profesor en la Facultad de Educación de la Universidad de Sevilla, reivindica el trabajo del taller y las historias de vida, tal y como las han realizado, porque «representa un nuevo enfoque técnico y metodológico para trabajar procesos sociales y educativos y también una apuesta política progresista y una manera de practicar una genuina educación popular y liberadora».
En el encuentro con Público, este jueves por la tarde, los miembros del taller, sentados todos alrededor de una isla de pupitres en una de las aulas del centro, Encarna, Manuel —que habla menos, porque tiene problemas de oído, pero lo ha leído todo sobre el barrio y muchas otras cosas y recomienda Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender como un libro que le ha gustado mucho— Francisco, Loli, Eduardo y José María van contando lo aprendido: «Hytasa ha tenido mucho que ver en cómo ha evolucionado esta zona»; «El cerro fue creciendo alrededor de Hytasa»; «La comodidad de transporte no existía entonces, el barrio es fruto de la emigración que venía de los pueblos»; «Es la dinámica clásica del capitalismo, los éxodos del campesinado a la ciudad»; «Al principio en la fábrica solo eran hombres y luego fueron integrando las mujeres»; «Eso era como una ciudad, llegaba el ferrocarril, tenía energía eléctrica propia»; «Descubrimos que el conflicto de Hytasa lo puedes extrapolar a cualquier fábrica de España»; «Había explotación infantil, pero no en la fábrica, sin en su día a día en la infancia, donde ayudaban en las tareas del campo o en lo que saliera, era un perfil muy común, muchos empezaron a trabajar desde pequeños»; «Están orgullosos de lo que lucharon»; «Deberían de aprender las nuevas generaciones de estas luchas»; «Hemos aprendido a conocer más la lucha de los barrios que han sido muy peleones».
Loli Reina y Encarna Rojas, que conocen de primera mano muchos momentos que se narran, porque los han vivido en primera persona porque en sus familias trabajaban en Hytasa, reivindican también la historia propia de las mujeres de Hytasa: «Tuvieron que luchar mucho para encontrar su lugar a la vera de los compañeros, incluso a las mujeres que se presentaron al comité de empresa, sus compañeros las criticaban porque no estaban en su casa… esas cosas. Tuvieron que luchar mucho, Fueron mujeres muy luchadoras y aguantaron [porque] los mismos compañeros las ningunearon».
Encarnación Vega, Encarna de Hytasa, quien entró en 1971 en hilaturas de algodón y aprendió a manejar «con soltura varios tipos de máquinas», recuerda, según se recoge en el libro, «tener una sensibilidad muy acusada con las injusticias siendo muy niña». «El interrogante del porqué de las desigualdades, de las clases sociales y lo injusto que me parecían no era muy común ni muy propio a los ocho o nueve años. Ese sentimiento me persiguió siempre y así […] llegó mi militancia».
Vega, después, se afilió a CGT y organizó la sección sindical en la empresa. Lo hizo con grandes esfuerzos. «Me encontré muy sola y estigmatizada por ser mujer. Todas mis acciones me costaban el doble que a ellos. Mi respetabilidad, mi liderazgo, todo iba impregnado de diferencia y mezclado con el sexo. […] Cuando entré en el comité de empresa éramos 29 hombres y yo sola como mujer». Vega relata también «discriminaciones con las primas» y que «no estaba bien visto que la mujer participara en política».
La historia de la fábrica textil, que llegó a tener 2.500 trabajadores —superaba los 3.300 en los meses de más producción— y sus protestas y luchas está vinculada, además de al propio barrio, ineludiblemente también a la represión de la lucha obrera durante el franquismo y la transición: el yesero afiliado a CCOO Francisco González Ledesma «fue herido —según el sindicato— por la Policía cuando estaba apoyando la concentración de los trabajadores y trabajadoras de Hytasa contra el expediente de regulación de empleo que la empresa pretendía llevar a cabo». Ya en un comunicado del 9 de julio de 1977, CCOO de Sevilla condenó «el criminal atentado sufrido por el trabajador Francisco Rodríguez Ledesma, por disparos de bala». Rodríguez Ledesma «murió después de seis meses y múltiples operaciones que intentaron salvar su vida de los daños que los disparos causaron en su cuerpo», según el sindicato. A su funeral acudieron «casi tres mil personas», según CCOO. «No hubo ni juicio ni nada», recuerda hoy López Luna. Un crimen impune.
El libro recopila las historias de nueve personas, nacidas entre 1932 y 1954: ocho trabajadores de Hytasa —Paco Ledo, Joaquín Sánchez, José Parra, Encarna Vega, José Luis Márquez, Ramón Sánchez, Toñi León y Francisco Morillo— y un trabajador de Tussam —Paco López—, quien, como miembro de CCOO, participó en la lucha obrera. «Sus historias […] nos alumbran un proceso histórico complejo, que va desde la autarquía económica franquista a la globalización capitalista, pasando por fases donde las luchas obreras y la solidaridad del barrio frenan el deterioro y evitan el cierre hasta el siglo XXI», se puede leer en el volumen. «La clase trabajadora de Hytasa y su movimiento obrero marcan jalones de victorias, pero también la derrota final con su cierre».
Hytasa, se cuenta en el libro, empieza a desarrollarse como idea en 1936. «Ya en plena guerra civil, la burguesía y los terratenientes sevillanos colocan la primera piedra en 1938, de manos del golpista Queipo de Llano. Mientras tanto en la zona republicana las fábricas son colectivizadas por sus trabajadores». Fue el propio dictador Francisco Franco, siempre según el relato recogido en el volumen, quien inauguró oficialmente la fábrica años después, el 3 de mayo de 1943.
Para el profesor de Antropología Social de la Universidad de Sevilla Javier Hernández Ramírez, Hytasa fue «ante todo un escenario de luchas y solidaridades». El profesor destaca el papel de las mujeres, que «desafiaron su destino impuesto». «Entraron en las fábricas, se afiliaron a los sindicatos, alzaron la voz, vertebraron la vida y dejaron tras de sí un legado de lucha».
Para Hernández, existe también una «íntima relación entre la fábrica y su barrio». «Resulta imposible —analiza— comprender la biografía emocional y política de Hytasa sin atender a su vínculo simbiótico con el Cerro del Águila y su entorno. La fábrica le imprimió una impronta singular que lo convirtió en un paradigma de villa obrera».
«Con la fábrica, el antiguo asentamiento marginal y periférico se convirtió en un polo de atracción demográfica» donde se instaló la plantilla, añade el profesor. «Numerosos vecinos eran al mismo tiempo obreros de la factoría», considera Hernández. «Esta imbricación influyó en los modos de vida y en las formas de sociabilidad, favoreciendo relaciones horizontales y redes de apoyo mutuo que catalizaron un intenso asociacionismo vecinal que durante décadas ha singularizado el barrio obrero, conformando una identidad intralocal», remacha el profesor.
Las historias de vida abarcan «el proceso fabril desde los años 60, el franquismo y la transición». En el libro se plantea la tesis de que los trabajadores de Hytasa delimitan «las murallas económicas y sociales que fueron derrumbando después de la hecatombe que supuso la derrota de la guerra civil». La primera de ellas es la «ruptura» con el sindicato vertical, el franquista: «Desde la clandestinidad, rompiendo el miedo y la represión, supieron utilizar las rendijas del sindicato para reivindicar y unir a los trabajadores [de Hytasa] con el barrio».
Luego, a partir de los años 70, «a cara semidescubierta», con la «radicalización de la juventud estudiantil y obrera, abrieron brechas por las que entraron nuevas luchas». En el volumen se destaca el papel de los curas obreros que «organizan, ayudan o fundan nuevas organizaciones políticas y sindicales». Aparecen en ese momento movimientos asamblearios, anticapitalistas, anarquistas y socialistas «que pretenden un futuro nuevo».
Los trabajadores describen también cómo vivieron los trabajadores la evolución de la economía durante el franquismo y la transición, de una autarquía donde el algodón tenía precios fijados «de acuerdo a los intereses de los grandes terratenientes y propietarios de Hytasa», hasta el plan de estabilización de 1959, que liberalizó el mercado y los precios, lo cual «significó el fin de la seguridad en la venta de sus mercancías». El plan produjo beneficios empresariales «a costa de los trabajadores».
Así, Hytasa va «progresivamente cayendo en crisis» y la lucha obrera se transforma. Durante la crisis económica de los años 73 y 74, el cierre de la fábrica sobrevuela. «Se pasa a la lucha por el convenio único y después contra el cierre». La lucha del barrio por el empleo fue otra muralla derribada por las luchas. Esto logró retrasar su cierre hasta el año 2012″. «Y en el cierre definitivo de la fábrica interviene el proceso de globalización capitalista que marca el fin de la empresa. «El desarrollo tecnológico y de los transportes hace que la industria textil llegue a países con mano de obra más barata».
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