“Me preocupa mucho la empatía de los adolescentes»

Cuando la veo entrar por la puerta del hotel en el que hemos quedado, lo primero que pienso es que estaría bien que mi hijo tuviera como profesora de inglés a Roberta Recchia (Roma, 1972). La cara es el espejo del alma y Recchia es una persona enormemente dulce, sonriente y muy profesional, que es un auténtico fenómeno literario en Italia (en España tampoco le ha ido mal) pero llena de humildad y simpatía.
Autora de ‘Toda la vida por venir’ (Contraluz), uno de los libros que más he recomendado a mis amigas y a mis compañeras de ELLE.ES, esta italiana que vive a las afueras de Roma y que trabaja como profesora de inglés en un instituto presenta ahora en España su segundo libro, ‘Yo que te he querido tanto’ (Duomo). En él, retoma la historia del anterior desde otro punto de vista -aunque se pueden leer de forma totalmente independiente- y lo hace con energía y fuerza, con emotividad y también con un nivel de adicción casi cinematográfico.
Retomas la historia de ‘Toda la vida por venir’ para contar parte de la historia desde el punto de vista de Luca. ¿Lo tenías preparado como dos libros o surgió después?
No, no había tenido en cuenta la idea de escribir un segundo libro que empezara con el crimen del que hablé en el primero. Empecé a escribir ‘Yo que te he querido tanto’ antes de que saliera la otra novela, sin saber cuál iba a ser su acogida. Se me ocurrió la idea de contar la historia desde la familia del verdugo y, por tanto, de aquellos que se encuentran en la parte equivocada del dolor; son personas con las que es difícil empatizar porque, de alguna manera, son parte de la culpa.
¿Te preocupa que los lectores las comparen?
No, porque son diferentes e independientes; se puede leer la primera y no leer la segunda o al revés. Si lees ambas tienes una imagen más completa de ese universo que he querido narrar, pero no están ligadas entre sí.
En esta segunda novela, ¿escribiste con comodidad o presión?
Como la primera no había salido, no tenía la presión del éxito y estaba muy serena. Solo tenía ganas de contar una historia que era, para mí, una necesidad. Además, mi editor me había dejado mucha libertad en lo que quería contar, así que, aunque me asustaba la idea de enfrentarme a un tema tan delicado, lo he hecho con mucha tranquilidad. Enfrentarme a la violencia de un homicidio, a la pérdida prematura de una hija, fue muy complejo, pero estaba convencida de que para los lectores era más fácil empatizar con los sentimientos de estos personajes. Me asustaba que los lectores pudieran no amar al personaje por estar relacionado con un crimen tan terrible.
En efecto, en ambas novelas escribes sobre violencia sin caer en el espectáculo gore. ¿Cómo se hace?
No es fácil contar la violencia y la brutalidad sin ser violentos y brutales. Sin embargo, es una elección que hice de forma muy racional e incluso con un gran esfuerzo a nivel de escritura porque quería contar los eventos, pero con gran respeto hacia los personajes. Yo considero a mis personajes unas personas verdaderas, así que pongo en página los hechos que ayuden al lector a entender, pero sin golpearle las tripas. He preferido golpear el corazón para que todo lo que sucedía en esas páginas llegue de la forma menos traumática posible, siendo un hecho terrible.
¿Qué relación existe entre el amor, la culpa y la redención en tu novela?
En ‘Yo que te he querido tanto’ están estrechamente unidos. Es del amor -con todos sus matices- de donde salimos, de donde empezamos. En la familia Nardulli hay mucho amor, el título no es casual; todos aman, incluso los personajes que se manchan de este crimen tan terrible. El sentido de la culpa es muy fuerte, especialmente en los padres del asesino, porque cuando sale a la luz la verdad, son incapaces de aceptar el hecho de no haber entendido -ni antes ni después del crimen- que su hijo amado tenía dentro un monstruo. Se plantean si podrían haber hecho algo para evitar el asesinato y, luego, el verdugo tiene que enfrentarse a las consecuencias devastadores de su acción sobre las personas que amaba. En cuanto a la redención, es una respuesta que quiero dejar al lector. Yo he intentado separarme de los sentimientos de los personajes, solo contar los hechos a través de su mirada.
Un tema habitual en tus libros es el perdón. ¿Por qué te interesa tanto?
Pues quizás porque para mí el perdón es un concepto personal muy difícil, por lo que la escritura de esta novela ha supuesto para mí un momento de reflexión. En ella quiero transmitir que el recorrido del perdón es muy subjetivo; no todos tenemos la misma relación con él. Podemos perdonar o no hacerlo nunca, algo que queda plasmado en la novela. El perdón puede ser un camino que queda abierto toda la vida; no podemos saber dónde se abre y se cierra.
¿Estamos quizás en una época que nos cuesta más perdonar?
No sé si hoy es más o menos fácil perdonar. No creo que esté relacionado con la época o con la actualidad, creo que tiene más que ver con cada individuo. Cuando llegamos al perdón, puede traer beneficios no solo a quien lo recibe, sino también a quien lo otorga.
¿Se puede perdonar sin olvidar?
No se puede olvidar. Cuando el problema es muy profundo, cuando el mal nos ha golpeado, es imposible olvidarse. Puede tener la ilusión de olvidarlo, pero las cicatrices quedan y el reto más grande es precisamente ese: perdonar habiendo aprendido a convivir con el mal que se nos ha hecho.
En la novela aparece con fuerza el juicio de los demás. ¿Por qué las comunidades necesitan encontrar culpables alrededor de una tragedia?
En la novela, aunque la comunidad arropa a los familiares de las víctimas, la familia del verdugo es golpeada por un juicio muy cruel y un fuerte prejuicio, porque muchos dan por sentado que Luca, el protagonista, al ser el hermano del asesino, puede tener una predisposición natural hacia el crimen. Mucho de lo que pasa en ‘Yo que te he querido tanto’ tiene relación con esa natural predisposición a juzgar situaciones de las que no sabemos nada. Estos juicios y prejuicios se hacen con prisa, sin ningún apoyo de realidad y con instintiva crueldad.
Un protagonista secundario de tus dos obras es Italia; una de ellas se localiza en el sur y la otra en el norte. ¿Qué diferencias querías mostrar entre ambas?
En ‘Yo que te he querido tanto’ es muy importante este contraste fuerte. Por un lado, el lugar lleno de sol, con horizontes amplios y luminosos donde Luca ha crecido, que es el símbolo del nido seguro donde no conoce ni el miedo ni el abandono. Luego, con lo que sucede, es arrebatado a nivel geográfico y psicológico y se le envía a Bérgamo, una ciudad del norte, bonita pero muy diferente, con tiempo muy oscuro, niebla e inviernos largos. Se establece en una ciudad con murallas altas como símbolo de su continua sensación de opresión, pero él poco a poco le va dando un significado diferente a aspectos que al principio le parecían muy negativos.
¿Qué tiene Italia para ser tan inspiradora para novelistas, cineastas…?
Es un país que, a pesar de sus defectos, es muy bonito por su naturaleza y a nivel histórico-artístico. Y nosotros tenemos muchos defectos, pero tenemos la ventaja de ser un pueblo cálido y acogedor. Aunque muchas veces se cae en estereotipos como el italiano que circula en una Vespa, en 2026, o la italiana con la camiseta de manga corta y rayas. Pero las cosas han cambiado mucho. Creo que en el extranjero miran a Italia con un poco de nostalgia; nos hemos modernizado un poco, ya no comemos solo espaguetis (risas).
¿Ha cambiado mucho la familia italiana desde las décadas en las que transcurre el libro o, en esencia, sigue siendo parecida?
Ha cambiado de forma muy profunda. Como en muchos países, en los últimas décadas hay una frecuencia de divorcios y separaciones muy elevada y, como reflejo de ello, en Italia ya es más común los jóvenes que se acostumbran a vivir en más de un núcleo familiar. Hay que decir que, en algunas edades de transición como en la adolescencia, la formación de varios núcleos familiares puede convertirse en algo más desestabilizante. Ya no existe esa idea del hogar tradicional como antes. En general los jóvenes pasan mucho menos tiempo con sus padres que en los años 80, cuando era más frecuente que solo el padre trabajaba y la madre se quedaba en casa para ocuparse de ella y de sus hijos. La figura femenina también está evolucionando, pero es un período de ajuste con respecto a la relación con los hijos.
Eres profesora de inglés en un instituto. Como docente, ¿qué has aprendido sobre los adolescentes? ¿Crees que las generaciones de más edad tienden a despreciar sus ideas y creatividad?
La enseñanza me ha brindado una posición privilegiada para poder observar a los jóvenes. Una de las cosas que me fascina más en mi trabajo es tener la oportunidad de mirarles, de reflexionar; no tanto sobre lo que enseñan a diario sino sobre cuánto esconden, sobre todo en esa fase de la adolescencia en la que se exploran a sí mismos, intentan saber quiénes son, intentan construir su identidad. Me fascina muchísimo intuir la pequeña ventana que abren sobre este mundo interior que ellos custodian de forma muy celosa. Me fascina cómo se construye en el tiempo la proyección de lo que van a ser en el futuro.
En cuanto a la dificultad que tenemos nosotros como adultos de entender a las nuevas generaciones, esto es algo que siempre ha existido. Para los mayores siempre es muy difícil entender a los jóvenes. Con el paso del tiempo, nos hacemos más adultos, más ancianos, nos alejamos de lo que es el mundo moderno y nos cuesta mucho entenderlo. A mí lo que me preocupa de esta generación es la empatía. Habría que trabajar más en entrenar la empatía, les veo muy centrados en sí mismos, en su mundo, en su soledad o centrados en realidades que son virtuales.
¿Y cómo eras tú de adolescente?
Uf, muy complicada, tenía una relación difícil con mis coetáneos, pasaba mucho tiempo sola y no fue un período muy agradable. Cuando mis amigos dicen: “Cómo me gustaría volver a los 16” yo les miro con horror, porque fue la peor época de mi vida. La lectura fue para mí un refugio muy importante. En la adolescencia, como tenía muchas frustraciones y me sentía sola, leía novelas mainstream con heroínas que empezaban de la nada, que eran objeto de bullying y que luego crecían y eran ricas y guapísimas. Luego, a partir de los 20, ya me acerqué a los libros de forma más profunda y descubrí mi zona de confort: la novela francesa del siglo XIX. Pero yo leo de todo. No tengo prejuicio a ningún tipo de libro.
¿Y estarías abierta a escribir de cualquier género?
Honestamente, como autora, me siento abierta a cualquier género. Aunque publiqué mi primer libro en 2024, me dedico a esto desde los 11 años y tengo escritas otras novelas románticas, de humor, de terror… Leo de todo y también escribo de todo, así que no me pongo ningún límite. Lo que no sé es si la editorial estaría contenta o no (risas).
Al escribir, ¿sigues un esquema o te dejas llevar por donde vayan los personajes?
Soy un poco artesanal. Nunca he aprendido a usar esquemas, escaletas o fichas. Redacto de forma instintiva: me enamoro de mis personajes, escucho su historias y escribo casi sin pensarlo; es como si fuera un río muy fuerte que, solo cuando siento que los personajes se quedan en silencio sin nada que contarme, entonces sé que ha terminado.
Entonces, ¿no reescribes nada?
Nunca, incluso cuando trabajo en la edición con mi editor italiano es muy difícil que haga cambios. En enero saldrá mi nueva novela en Italia y se ha editado poco. Piensa que llevo escribiendo muchos años, incluso en situaciones poco comunes como el tren o el autobús. Mi situación ideal de escritura es estar en la cama con mis perros alrededor.
¿Qué novela relees cuando necesitas recuperar la confianza en la literatura?
‘Un corazón sencillo’, de Gustave Flaubert. Es una novela muy corta, pero son las páginas más bonitas de literatura que he leído.
¿Cuál es tu relación con la literatura española?
Pues, desafortunadamente, soy un poco ignorante en la contemporánea española porque por mi trabajo me he dedicado más a la literatura inglesa y a la italiana. Conozco los clásicos y considero que nuestra cultura, la italiana y la española, son muy cercanas y compartimos esa predisposición a una escritura que estimula la reflexión y que involucra al lector.
Begoña Alonso es experta en ocio, cultura y estilo de vida, coordinando la sección de Living en Elle.es desde hace más de seis años. Llevar la sección de Living supone que lo mismo escribe un reportaje sobre las mejores series de terror de Netflix, que un artículo de viajes y lunas de miel, un perfil de una activista feminista o un listado de los mejores libros de la historia que tienes que leer.
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Begoña Alonso se licenció en 1999 en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, pero cuenta casi con 30 años de experiencia en la profesión. Se estrenó en medios locales como Huelva Información o Las Provincias, pasó por radios vecinales haciendo programas de cine y luego aterrizó en el mundo del papel, en medios como La Razón, Maxim o Reporter.
Tras 9 años dedicada al ‘branded content’, Begoña lleva una década en ELLE, el mismo tiempo que ha transcurrido desde que consiguiera el Premio 20 Blogs por ‘The Best of the 80s’, un blog de música de los 80, una de sus pasiones. También adora las películas de boda y se pasa más tiempo planificando viajes que llevándolos a cabo, pero eso es otra historia.
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