Cocinar empieza mucho antes de encender el fuego. Empieza cuando decides a quién compras un producto, cuando respetas el ritmo de las estaciones y cuando entiendes que detrás de cada ingrediente hay una persona que ha dedicado meses, a veces toda una vida, a cuidarlo. Para mí, cocinar siempre ha sido una forma de cuidar.
Crecí en Galicia, entre una cocina de leña, el olor de los guisos y una huerta donde aprendí que la naturaleza nunca tiene prisa y que las cosas importantes necesitan tiempo. Una semilla no entiende de urgencias; un tomate madura cuando tiene que madurar y el mar entrega lo que quiere entregar. Esa forma de mirar el mundo nunca la elegí conscientemente. Simplemente crecí así y, con los años, comprendí que también era una forma de entender la vida.
Mis primeros recuerdos están junto a mi padre, haciendo empanadas, preparando guisos o esperando alrededor del fuego. Sin saberlo, allí aprendí que cocinar era escuchar, observar y compartir. Quizá por eso sigo teniendo una relación tan especial con los aromas. Hay olores capaces de devolverme, en un instante, a mi infancia: la tierra mojada después de la lluvia, el humo de la leña o un tomate recién cortado. Hay recuerdos que permanecen para siempre porque entraron en nuestra memoria a través del olfato. Creo que toda mi cocina nace de ese lugar.
Con el tiempo llegaron los restaurantes, los reconocimientos y los premios. Los agradezco profundamente porque detrás de cada uno hay muchos años de trabajo y un equipo extraordinario. Pero nunca han sido el motivo por el que me levanto cada mañana. Lo que me emociona es conseguir que alguien termine una comida un poco más feliz de lo que llegó. Y si además logro que mire de otra manera a quienes cultivan la tierra, salen al mar de madrugada o mantienen vivos oficios que parecían destinados a desaparecer, entonces sé que ha merecido la pena.
Muchas veces hablamos de sostenibilidad como si fuera una palabra nueva. Para mí nunca fue una tendencia. Es la forma en la que aprendí a vivir. Significa conocer a quien cultiva un tomate, a quien marisquea percebes o a quien cuida un rebaño. Pagar un precio justo, respetar el paisaje y preguntarte, al terminar el día, si has dejado el lugar un poco mejor de cómo lo encontraste. La sostenibilidad también consiste en proteger la memoria y la cultura gastronómica que heredamos para que quienes vengan detrás puedan seguir disfrutando de ellas. Recorrer Galicia me ha enseñado que el verdadero patrimonio nunca ha sido únicamente el producto. Son las personas. Agricultoras, mariscadoras, ganaderas, artesanas y productoras que sostienen el territorio desde hace generaciones y que rara vez ocupan el lugar que merecen. Cada viaje me recuerda que mi trabajo consiste, sobre todo, en tender un puente entre ellas y quienes se sientan después a nuestra mesa. De esa convicción nació Amas da Terra, como una forma de devolverles una pequeña parte de todo lo que ellas me habían regalado. Porque una sociedad que olvida a quienes la alimentan también corre el riesgo de olvidar sus propias raíces.
La vida también me enseñó a detenerme. La enfermedad me obligó a comprender que el tiempo no es infinito y que cuidarse nunca debería ser el último punto de la lista. Poco después, llegó Mauro y cambió para siempre mi manera de mirar el mundo. Hoy sigo siendo exigente, pero intento vivir desde un lugar mucho más sereno. Disfruto de una conversación sin mirar el reloj, de una sobremesa larga o de un paseo por la huerta. Cocino con más calma, pero también con mucha más verdad.
Si miro hacia atrás, me doy cuenta de que hay algo que permanece intacto. Sigo siendo aquella niña que caminaba por el monte con su padre buscando setas y que era capaz de guardar un recuerdo por el olor de un guiso. La curiosidad continúa siendo el motor de todo lo que hago. Y espero que nunca deje de serlo. Porque innovar nunca ha supuesto romper con nuestras raíces, sino hacerlas crecer para que nunca se olviden. Al final, la gastronomía empieza mucho antes de que un cocinero entre en una cocina. Empieza en una semilla, en unas manos, en una familia. Y quizá el mayor legado que podamos dejar no sean los platos que cocinamos, sino las personas que inspiramos y el territorio que ayudamos a preservar para quienes vendrán después.
Renault Scenic E-Tech eléctrico, un modelo de sostenibilidad
La economía circular y el respeto al medioambiente no pueden quedar al margen en ningún ámbito de la vida. Como explica Lucía Freitas, la sostenibilidad no es una tendencia, ni un objetivo que cumplir. Ha de ser una forma de vivir, de pensar y sentir. Igual que ella desarrolla su cocina de forma sostenible, en Renault se implican al máximo con el diseño circular de sus vehículos. Y, como muestra, Renault Scenic E-Tech eléctrico presenta la tecnología más innovadora. Además, se trata de un vehículo diseñado a partir de materiales reciclados y que, al final de su larga vida útil, también se puede reciclar. Un coche de nuestro tiempo.
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